Sebastián
Salgado González
Karl POPPER: La
lógica de la investigación científica
(1934)
De Karl R. Popper (Viena,
1902 – Londres, 1994) dice el profesor Jacobo Muñoz que fue “el
Ka
nt del siglo XX”, porque, como Kant, Popper sostiene la necesidad de la razón
crítica para construir la “mayoría de edad” del hombre tanto en sentido
práctico o moral como estrictamente teórico o relativo a la operatividad de su
conocimiento; además, como Kant, Popper afirmaba que la razón era la
ordenadora, la arquitectónica, del mundo y que los hechos sólo era posible
contemplarlos a la luz de las teorías:
“No
son pocos, en efecto, los rasgos –en ocasiones programáticamente radicalizados–
que el racionalismo crítico de inspiración popperiana comparte con Kant: la
creencia en la capacidad humana tanto de autodeterminación moral como de
desarrollo de una razón crítica que no busca seguridades últimas sino, más allá
de toda “estrategia de inmunización”, meras aproximaciones tentativas a una
verdad nunca definitivamente alcanzable; la apuesta radical por la sorprendente
e inagotable creatividad humana en todos los ámbitos; la convicción de que es
el activismo de la razón el que ordena, mediante teorías, el mundo, de modo que
todo enunciado sobre hechos debe ser asumido como una interpretación a la luz
de una teoría dada; la creencia, en fin, en que el progreso humano en cuanto
liberación respecto de la “minoría de edad autoculpable” es posible, en todos
los órdenes, mediante la deliberación racional... Cierto es que Kant todavía
era –en última instancia– fundamentalista. Y que la limitación de su horizonte
científico a la física newtoniana, a la geometría euclidea y a la matemática
clásica condiciona en sentido monoteórico su metaciencia. Pero, con todo, su
legado opera sumamente vivo, cualificado en sentido falibilista y reconducido a
un pluralismo perfectamente autoconsciente, en Popper”.(http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/5220/Popper_el_Kant_del_siglo_XX)
Sociedad de
Ciencias Morales de la Universidad de Cambridge y que enfrentó a Popper y
Wittgenstein
Precisamente como un ejercicio
popperiano de kantismo filosófico queremos presentar este texto-conferencia de
Popper, cuyas tesis generales se pueden resumir en las siguientes:
· No
resulta satisfactorio considerar el mundo como un sistema físico cerrado, bien
por el determinismo o bien completamente en manos del puro azar.
· La
disyuntiva “nubes o relojes” no tiene
sentido, pues la alternativa al determinismo físico (relojes) no es el azar
absoluto (nubes), ya que no existen nubes puras ni relojes puros, sino que, de
alguna manera, todas las nubes son relojes y todos los relojes son nubes. De
ahí que Popper insista no en la disyunción sino en la conjunción: “nubes y
relojes”. Y esta conjunción nos retrotrae a la primera tesis: el universo no es
un sistema cerrado, sino un sistema abierto.
· La
evolución es un proceso de ensayo y supresión de errores. Este proceso no
conduce exclusivamente a resultados utilitarios.
· El
lenguaje cumple una tarea evolutiva y cabe diferenciar, al menos, estas cuatro
funciones organizadas en dos estratos o niveles: nivel inferior: función
sintomática o expresiva; función desencadenadora o señalizadora. Nivel
superior: función descriptiva; función argumentativa. Mientras que las
funciones inferiores son compartidas por los animales, incluido el animal
humano, las funciones superiores, especialmente la más elevada o compleja, la
función argumentativa, distingue al hombre del resto de animales.
· Las
soluciones a los problemas de Compton (influencia del significado sobre el
comportamiento) y Descartes (dualismo cuerpo-mente) pueden ser enunciadas,
respectivamente, así: el problema de Compton pone de manifiesto que el universo
de significados abstractos tiene influencia sobre la conducta humana y por ende
sobre el mundo físico; el problema de Descartes, esto es, el dualismo
cuerpo-mente, sugiere que no sólo existen cuerpos sino también mentes, y la
solución a ese problema pasa por superar el dualismo sustancialista dando
entrada al mundo de los artefactos producidos por los organismos, especialmente
los productos de la actividad intelectual, y afirmar, al mismo tiempo, la
interacción entre cuerpo y mente.
Pero esta colección de tesis que
Popper expone en su conferencia no es una serie aleatoria de ocurrencias, sino
que conforman un discurso sistemático que abarca desde la cuestión general
(casi metafísica, podríamos decir, si no fuera porque el término “metafísica”[2] no era
muy apreciado por Popper) del debate determinismo vs indeterminismo hasta la
particular de en qué medida la conducta humana, esto es, la acción responde a
la observación de significados, es decir, de teorías. Para recorrer tan largo
camino (de la estructura general de la realidad a la estructura particular de
la acción humana) es necesario convocar una visión de la evolución, que Popper
resumirá en doce tesis, y del lenguaje sometido a control evolutivo.
La organización de este recorrido
puede leerse a modo de círculos concéntricos de fuera hacia dentro, es decir,
partiendo de la comprensión de la estructura del mundo físico hasta el
descubrimiento del comportamiento del mundo de las cosas no físicas o, como lo
denomina Popper, “universo de los significados abstractos”. Todo este recorrido
está presidido por el rendimiento de una brillante metáfora creada por Popper
para la ocasión: “nubes y relojes”.
Empezaremos esta reseña de la
conferencia de Popper explicando dicha metáfora.
Para romper la pureza Popper echa
mano de Charles Sanders Peirce, quien, sin negar la validez de la
reglamentación impuesta a los sistemas físicos por las leyes de Newton,
introducía un elemento de azar ineliminable: Peirce conjeturaba que el mundo
regulado por las leyes newtonianas estaba al uníono dominado por leyes
de azar, es decir, por leyes de probabilidad estadística: “El mundo se
convertía así en un sistema trabado de nubes y relojes de tal modo que incluso
los mejores relojes mostrarían cierto grado de nubosidad en su estructura
molecular” (Popper, K.: Sobre nubes y relojes, IV). Con la referencia a esta polaridad
(Newton vs Peirce), Poper consideraba planteada la esencial diferencia entre un
modelo determinista, al que quedarían adscritos Newton, Planck, Schrödinger y
Einstein entre otros muchos, y uno indeterminista, defendido por el propio
Peirce, Compton y Heisenberg, en el terreno de la física. Si el determinismo
físico, presidido por Newton, concibe el mundo dotado de precisión matemática absoluta
-al estilo de Laplace- y, de ese modo, todo acontecimiento físico resulta
perfectamente predictible a condición de que conozcamos suficientemente el
estado actual del mundo físico, para el indeterminismo físico, sin embargo, no
todos los acontecimientos del mundo físico están predeterminados con absoluta
precisión en todos sus detalles.
Pero Popper no se conforma con poner
de manifiesto el enfrentamiento entre determinismo e indeterminismo sino que
ahonda críticamente en lo que llama, heredando el concepto de su glosado
Compton, la “pesadilla del determinista físico”, que es fruto de una
“ensoñación de omnisciencia” que llega a considerar al hombre y al mundo como
autómatas o máquinas (Lamettrie), pues en un mundo físico totalmente
determinado todo habrá de estar predeterminado físicamente, incluidas, por
supuesto, las acciones de los hombres. Esta ensoñación, ruina total de la
libertad, sobrevive en el denominado por Popper “determinismo filosófico” y
que, con Hume a la cabeza, consiste en cercenar causalistamente nuestras
acciones de tal manera que cabe presentarlas como causadas psicológicamente por
experiencias anteriores o motivos y en última instancia por nuestra herencia y
por el medio. Según Popper no es mejor esta “construcción de castillos en el
aire” que aquella “ensoñación de omnisciencia” propia de la “pesadilla del
determinismo físico”.
“Hemos de ser
indeterministas, aunque el indeterminismo no basta”
Popper
Ante la totalitaria o cerrada
situación dictada por el determinismo, tanto físico como filosófico, lo más
racional parece ser apostar por el indeterminismo. Y eso precisamente fue lo
que hizo Popper, pero advirtiendo que si bien el determinismo físico es absurdo
y una pesadilla, tampoco tendría sentido presentar como única alternativa la
del puro azar. Así pues, la alternativa superadora al determinismo no puede ser
el indeterminismo absoluto, porque éste, además de ser igualmente absurdo, no
es suficiente:
“Si el
determinismo es verdadero, entonces el mundo en su conjunto es un reloj
impecable que funciona con toda exactitud [...]. Por otro lado, si es verdadero
el indeterminismo entonces el puro azar desempeña un papel fundamental en
nuestro mundo físico. Ahora bien, ¿acaso el azar es realmente más satisfactorio
que el determinismo?”[3].
Pero, ¿por qué, según Popper, no
basta con el indeterminismo? Sencillamente porque, tal y como pone de
manifiesto el denominado por Popper “problema de Compton”[4], las
cosas no físicas o “universo de significados abstractos” afectan a nuestra
conducta y, de esa manera, pueden entrar a formar parte de la cadena de cambios
físicos en el mundo; en definitiva, el propósito fundamental es comprender de
qué modo las cosas no físicas (propósitos, planes, decisiones, teorías, valores,
etc.) pueden formar parte de la introducción de cambios físicos en el mundo. En
un ejemplo que Popper rescata de Compton (The Freedom of Man), queda
patente la insuficiencia del indeterminismo:
“Hace
ya algún tiempo escribí al secretario de la Universidad de Yale aceptando dar
una conferencia el 10 de noviembre a las cinco de la tarde. El secretario tenía
tal confianza en mí que anunció públicamente mi asistencia; el auditorio, a su
vez, confiaba tanto en su palabra que llegó a la sala a la hora señalada. Sin
embargo, consideremos la gran improbabilidad física de que su confianza
estuviese justificada. Entre tanto, mi trabajo me había llevado a las Montañas
Rocosas y a la cálida Italia. No es fácil que un organismo fototrópico como el
mío consintiese en abandonar aquel lugar para trasladarse al frío New-Haven.
Las probabilidades de que yo estuviese en otra parte en aquel momento eran
infinitas en número. Considerada desde el punto de vista de un acontecimiento
físico, la probabilidad de cumplir mi compromiso era fantásticamente pequeña.
¿Por qué, pues, estaba justificada la creencia del auditorio? Conocían mi
intención y fue ella la que deteminó que acudiese allí”.
Por tanto, como pone de manifiesto
este ejemplo, existe un “universo de significados abstractos”, esto es, un
“conjunto de cosas no físicas” que tiene influencia sobre la conducta humana,
que puede determinar al conjunto de cosas físicas.
Si tomamos esta recensión que venimos
haciendo de la conferencia de Popper “Sobre nubes y relojes” como oportunidad
para entablar un diálogo filosófico con él, tendremos en este punto que
disentir de la propuesta popperiana que apuesta por un indeterminismo limitado[5]
(hay que apostar por el indeterminismo pero éste no basta) para adoptar la
tesis de un determinismo limitado, porque el problema de fondo que hay detrás
de la polémica determinismo vs indeterminismo –o mejor determinismo en sentido
fuerte vs determinismo probabilístico, pues, como veremos, resulta imposible
contemplar en serio la opción del indeterminismo en sentido genérico o
absoluto- como modos de inteligibilidad de la estructura mundo es el de hasta qué punto es aceptada la causalidad, es decir,
hasta qué punto podemos hablar de determinismo: Hume, en su Tratado de la naturaleza humana, así como
en el “Compendio…” ya había
constatado que la causalidad era una conjetura de nuestra mente en vez de ser
una relación real entre fenómenos, pero Bunge nos ofrece una larga lista de
ejemplos que él denomina “pruebas científicas a favor de la causalidad”: la
confirmación de la hipótesis relámpago-trueno, el paso de los átomos desde
estados excitados a estados de menor energía como causa de la emisión de luz,
los cambios fenotípicos causados por algunas mutaciones, etc. (Al
respecto puede verse: Bunge, Mario: A la caza de la realidad. La
controversia sobre el realismo; editorial Gedisa, traducción de Rafael
González del Solar, 2007, pg. 135-136).
Por tanto, la verdadera acotación del
problema determinismo versus indeterminismo no puede centrarse en la polémica causalidad sí o causalidad no, sino más bien en “causalidad dónde o hasta dónde”,
porque quizá no todos los hechos puedan ser referidos a un esquema causal de
explicación y además porque la relación causal es asimétrica puesto que una
causa no puede intercambiarse con su efecto.
Ahora bien, si mediante esta
reformulación del problema damos por hecho que la causalidad tiene un límite,
tendremos de inmediato que preguntar qué ocurre con el espacio de realidad no
cubierto por la causalidad; así, el hasta
dónde de la pregunta por la causalidad lleva implícito el hasta dónde del azar.
Dando cabida a la realidad del azar
en la pregunta por la causalidad, el camino recorrido no será mucho, pero sí
importante, pues habremos aportado a la polémica determinismo versus
indeterminismo la posibilidad de una conjunción entre ellos que invalide de
paso cualquier postura referida a la polarización absoluta de uno u otro
concepto. Lo importante, pues, habrá de ser la matización de que ese hasta dónde, tanto del azar como de la
causalidad, no admite una lectura ontológica en sentido fuerte, sino que más
bien se trata de la disposición metodológica de un compromiso ontológico: para
dirimir cualquier aspecto de la acción y del mundo es necesario contar con “lo
que hay”, pero ese compromiso sólo tiene validez en tanto que disposición
metodológica de la investigación. De esta forma, la lectura metodológica de ese
compromiso ontológico servirá para no lastrar los conceptos de causa y cosa, bien, como dice Bunge, porque “las causas no ocurren entre
cosas sino entre eventos, esto es, entre cambios de estados en el transcurso
del tiempo”[6], o bien
porque entendamos que no existen cosas al margen de sus relaciones, es decir,
que las propiedades de las cosas –y la causalidad sería, en principio, una
propiedad, no una cosa- no existen independientemente de las cosas ni éstas
fuera de su espacio de relación o, lo que es lo mismo, al margen de sus
propiedades.
De una u otra manera, la mirada metodológica a la ontología de la
causalidad nos conducirá a un mismo punto: ¿de qué causalidad hablamos: de una
causalidad irrestricta o de una causalidad que admita su reglamentación por
leyes estocásticas o probabilísticas? En definitiva, la metodologización del
compromiso ontológico resulta compatible con el entretejimiento de la
causalidad y la probabilidad.
Pero, a diferencia de la teoría
probabilística de la causalidad de Popper, que desemboca en la sustitución del
determinismo por el indeterminismo, aunque adoptando éste con matices, aquí,
sin embargo, queremos darle la vuelta al planteamiento y abordar la cuestión de
superación de la dicotomía determinismo vs indeterminismo apostando por un
determinismo matizado, es decir, plantear el hasta dónde el determinismo,
porque indeterminismo significa ausencia total de causalidad y situados en tal
extremo resulta imposible entretejer otra cosa que no sea azar – ¡y cómo
ordenar el azar!-; mientras el indeterminismo, declarándose ilimitado, arruina
la posibilidad de cualquier determinismo, es decir, de cualquier episodio
causal, el determinismo, por su parte, puede postularse como limitado, ya que
al decir que aquí o allí encontramos causalidad, estamos advirtiendo la
posibilidad tanto de hallar dicha causalidad en todas las cosas (determinismo
fuerte) como de no hallarla en algunas (determinismo probabilístico). Así pues,
es el indeterminismo el que, paradójicamente, cierra puertas: si no hay orden
alguno, entonces no habrá posibilidad de orden; en cambio, que exista cierto
orden no significa que ése sea el único posible o que haya de existir para
siempre y en todas las cosas. Dicho de otra manera, es el ser el que alberga en
su seno la nada, pues la nada no puede disponer posibilidad alguna: la nada, o
es “nada de ser”, es decir, se ofrece en el seno del ser o como nihilización
del ser, o significa exactamente nada. A Parménides y la filosofía griega en
general le costaba imaginar el paso de la nada al ser y, por eso, postulaba la
existencia eterna del ser. De ahí la diferencia fundamental entre la cosmología
griega y la cristiana, esta última creacionista mientras aquélla se aferraba al
principio cosmológico de un mundo in-creado; consiguientemente, dichas
cosmologías traducían, respectivamente, modelos interpretativos del tiempo
distintos: si el cristianismo afirma la linealidad del tiempo, su
irreversibilidad, la cosmología griega sostiene su circularidad.
Pero, aún es posible insistir en que
si el indeterminismo anula la posibilidad de determinismo, por qué no sucede
también al contrario, es decir, por qué el determinismo –al menos el modelo
probabilístico de determinismo- no cierra las puertas al indeterminismo. La
respuesta pasa por sostener que si bien el indeterminismo es reduccionista, en
la medida en que anula posibilidades, el determinismo, en cambio, sólo descarta
posibilidades. La diferencia no es caprichosa, sino que se enmarca en el
contexto de definición de la causalidad desde una lógica de la contingencia: lo
que dice el determinismo es que en ciertas condiciones ‘x’ se produce la
relación ‘y’, mientras que el indeterminismo niega como tal la existencia de
condiciones, con lo que ni ‘x’ ni tampoco ‘y’ serán posibles.
Así pues, al menos en este punto,
habremos de estar más de acuerdo con Bunge que con Popper, ya que de lo que se
trata no es de reemplazar el determinismo por el indeterminismo –en eso
consistía el esfuerzo de Popper- sino de abrir
el determinismo para que incluya las leyes probabilísticas:
“Popper
y otros han sugerido que la admisión del azar en el contexto ontológico exige
el reemplazo del determinismo por el indeterminismo. Sin embargo, la palabra
indeterminismo sugiere ilegalidad y sabemos que los eventos aleatorios tienen
sus propias leyes, como las distribuciones de Gauss y Poisson. También sabemos
que las doctrinas puramente negativas no tienen ningún poder heurístico [...]
Únicamente las afirmaciones pueden ser precisas y fértiles [...]. Lo que sí
exige la admisión del azar objetivo es una ampliación del determinismo para que
no incluya únicamente las leyes causales, sino también las probabilísticas. Más
aún, el azar y la causalidad, lejos de ser incompatibles entre sí, pueden
transformarse el uno en la otra y viceversa. Por ejemplo, la mecánica cuántica
recupera las leyes de la mecánica de partículas clásica como promedios (teorema
de Ehrenfest)”. (Bunge, Mario: A la caza de la realidad. La controversia
sobre el realismo; editorial Gedisa, traducción de Rafael González del
Solar, 2007, pg. 150).
A esta estrategia de ampliación del
determinismo para dar cabida a las leyes probabilísticas, Bunge la denomina
“neodeterminismo”. Y, según el neodeterminismo, todos los eventos satisfacen
algunas leyes, ya sean causales, probabilísticas o mixtas, es decir que, tal y
como sostenía la ontología clásica griega, nada sale de la nada.
Sin embargo, aun estando de acuerdo
en presentar un determinismo abierto, es decir un determinismo que no niegue el
azar, habremos de resolver qué cabe entender por azar dentro del contexto de
dicho determinismo: ¿se trata del mero accidente, se trata de desorden,
entendido como varianza o fluctuación estadística involucrando al azar en
cierto nivel de organización, o se trata de espontaneidad (fluctuación
espontánea)?
No hay ningún problema en considerar
las tres opciones anteriores, pero siempre que no tomemos alguna de ellas o
todas ellas como sinónimos de contingencia, ya que el concepto de contingencia
es indicativo de la presencia de la situación, es decir, alude a la facticidad.
El “determinismo spinoziano” equiparaba contingencia, azar y arbitrariedad y
situaba la libertad al otro lado, es decir, irremediablemente lejos de la
contingencia, en estrecha relación con la necesidad, la cual equivaldría en el
sistema spinoziano a inserción racional en el orden de la totalidad o
sustancia; en cambio, el “indeterminismo sartreano” relacionaba libertad y
contingencia de tal manera que la contingencia era la facticidad de la
libertad: somos libres precisamente porque la contingencia se ha absolutizado,
es decir, en todas partes, en cualquier situación, podemos elegir, pero, al mismo tiempo, si la contingencia, base de
la libertad, se convierte en un absoluto, entonces ya no somos libres de ser
libres, es decir, ya no podemos no elegir, con lo que estaremos obligados a elegir: tenemos que elegir;
de ahí que, como decía Sartre, estemos “condenados a la libertad”: libertad no
es únicamente poder elegir, es, sobre todo, tener que elegir.
Si tomamos estos dos ejemplos de
manera complementaria y no como contrarios entre sí, tendremos que, de acuerdo
con Spinoza, el conocimiento de lo necesario nos ayudará a elegir mejor, es
decir, no arbitrariamente, y que por tanto la libertad no es opuesta a la
necesidad sino al azar; a su vez, asumiendo con Sartre la condena a la libertad
–y esto supone ya asumir un orden de necesidad- trataremos de salvar la
contingencia, pues ella es la que nos hace libres en el sentido de que la
libertad la adopta como su facticidad o situación original.
En ambos casos –Spinoza y Sartre- se
trata de que la libertad no esté fuera de control, es decir, que no sea azarosa
o arbitraria y para ello la necesidad ha de ser nuestra contingencia (Spinoza)
–asimilando el término contingencia al de situación- y la contingencia ha de
ser nuestra necesidad (Sartre) –asimilando el término necesidad al de condena o
situación irrenunciable-. Por tanto, en ambos casos, se trata de no
incompatibilizar orden (determinismo) y libertad (indeterminismo); es decir, en
ambos casos, se trata de conducir racionalmente –el existencialismo sartreano
nunca fue incompatible con el racionalismo cartesiano y spinoziano- la
libertad, esto es, mostrarla como modelo de orden o de ensanchamiento o
ampliación del determinismo para hacer de él un sistema abierto.
Pero bajo esas condiciones x no se produce B.
Entonces, la hipótesis A es falsa
(Si p implica q y no es cierto q, entonces no es cierto
p)
Este recurso a la lógica ha hecho
pensar a algunos, por ejemplo a Kuhn, que Popper tenía una concepción
finalmente logicista y ahistórica de la ciencia. Pero, lo importante aquí no es
el enfrentamiento, sino de nuevo la complementariedad. Y esa complementariedad,
entre Popper y Kuhn en este caso, es la que pone de manifiesto Jorge Wagensberg
cuando dice que “Popper, como buen filósofo de la ciencia, dice cómo la ciencia
debe ser y por ello hay que pensar en Popper mientras se hace ciencia; Kuhn,
como buen historiador de la ciencia, dice cómo la ciencia es y por ello hay que
pensar en Kuhn cuando la ciencia está hecha. Popper es prescripción, Kuhn es
descripción”. (http://teoriainformacion.blogspot.com/2007/10/11-conocer-la-realidad.html).
Ahora bien, el reemplazo del dualismo
cartesiano por el interaccionismo como forma evolucionada de dualismo se basa
en la afirmación de la existencia de un “tercer mundo” o “mundo
En cualquier caso, el problema mayor
de este realismo de las ideas o existencia autónoma del mundo 3 es que la
argumentación dispuesta para su sostenimiento es demasiado débil, ya que Popper
basa su hipótesis de autonomía del mundo 3 en la capacidad de la que disponga
un objeto para causar algo. Sería como decir que la idea de libertad, o
felicidad, o justicia, existen separadamente, autónomamente, porque se les
supone capacidad para causar efectos. Nada distinto decía Tomás de Aquino sobre
Dios: Dios tiene que existir y la prueba de ello es que sus efectos demuestran
su capacidad creadora. No vale la pena refutar esta creencia porque basta
simplemente con observar que la misma está asentada sobre una falacia: la
falacia de afirmación del consecuente, o si se prefiere, se salta un principio
fundamental como es el de la irreversibilidad de la relación causa-efecto: no
se puede viajar del efecto a la causa o, al menos, no se puede utilizar la
existencia del efecto para demostrar la existencia de la causa.
Si el presupuesto del concepto
popperiano de evolución es el que hemos enunciado anteriormente, su
consecuencia inmediata es comprender la selección natural como un modo de
controlar mediante la supresión de errores la serie de mutaciones que van
produciéndose en los organismos; tales mutaciones son gambitos de
ensayo-error.
Finalmente, Popper resume en doce
tesis su lectura del evolucionismo (Popper, K.: Sobre nubes y
relojes, XVIII):
De la lectura popperiana del
evolucionismo, resumida en estas doce tesis enunciadas anteriormente, se pueden
extraer jugosas conclusiones, como por ejemplo las de que todo organismo es un
sistema jerárquico de controles plásticos, que todo organismo se enfrenta
continuamente a la solución de problemas por ensayo-error y que los resultados
no exitosos son eliminados. Y estas conclusiones han de ser consideradas en
tanto que principios básicos dispuestos para el tratamiento de otros problemas
como el de la naturaleza misma del lenguaje y la diferencia entre lenguaje
humano y animal.
“El lenguaje es el murmullo de todo
lo que se pronuncia; el lenguaje es el sistema transparente en el que estamos
comprendidos”, escribía Foucault[7].
Sin poder establecer una contraposición a esta visión a un tiempo poética,
existencial y estructuralista del lenguaje, el planteamiento que sobre el tema
del lenguaje Popper lleva a cabo en su “Sobre nubes y relojes” es bien
distinto, porque Popper centra su análisis en el desvelamiento del esquema
funcional del lenguaje para establecer criterios de diferenciación del lenguaje
humano.
Según Popper, entre el lenguaje
animal y el humano existe una raigambre común plasmada en las llamadas
funciones inferiores del lenguaje: la función sintomática o expresiva y la
función desencadenadora o señalizadora. En efecto, dice Popper que el lenguaje
es una forma de comportamiento y en ese sentido es sintomático, es decir,
expresa el estado del organismo que lo emplea. Ahí reside su primera función,
la más básica, a saber: la función sintomática o expresiva. Pero el lenguaje,
todavía animal, no se queda ahí, sino que a esa función sintomática acompaña
otra: la función señalizadora o desencadenadora, porque la conducta del emisor
desencadena una conducta en el receptor.
Si las dos funciones anteriores son
idénticas en los animales y en los humanos, el lenguaje humano, sin embargo,
mucho más rico y completo que el lenguaje animal, tiene funciones de las que
carece el lenguaje animal y que lo diferencian de éste. Se trata de las
funciones superiores, entre las que destacan la función descriptiva y la
función argumentativa. Estas funciones superiores son las últimas que aparecen
en el desarrollo evolutivo del lenguaje.
La relevancia otorgada a la función argumentativa por Popper le servirá
para edificar un discurso de emancipación de lo humano sobre lo animal:
“De la
ameba a Einstein no hay más que un paso [...]. Sin embargo, los actos de la
ameba no son racionales [...]. Aunque sus métodos cuasi-aleatorios y sus
movimientos nebulosos de ensayo-error no sean básicamente muy distintos, hay
una gran diferencia en sus actitudes frente al error. Al contrario que la
ameba, Einstein, siempre que se le ocurría una solución nueva, intentaba
falsarla conscientemente por todos los medios: enfocaba críticamente sus
propias soluciones.
Creo
que la diferencia importante que media entre el método de Einstein y el de la
ameba es la actitud crítica consciente hacia sus propias ideas [...]. Creo que
ésta es la forma más elevada que hay de actitud racional o de racionalidad
[...].
Podemos
decir, pues, que el método racional o crítico consiste en dejar que nuestras
hipótesis mueran en nuestro lugar: es un caso de evolución exosomática”
(Popper, K: Sobre nubes y relojes, XXI)
[1] Véase Reguera, I.: “Dos matones intelectuales. Un cisma
en la filosofía del siglo XX” (El País, 13 de octubre de 2001)
[2] A pesar de que Popper afirmara
tajantemente que la metafísica no es ni puede ser ciencia, él mismo reconoce
que las ideas metafísicas influyen en la ciencia: la investigación científica
es imposible sin ideas metafísicas porque las ideas metafísicas hacen lo que no
puede hacer la inducción: formular hipótesis. Ahora bien, no sirve cualquier
metafísica, del mismo modo que no sirve el dogmatismo ni el totalitarismo.
Popper rechazaba, pues, tanto el abrazo incondicional a la metafísica de
algunos filósofos como el rechazo dogmático de la misma; un dogma que Popper
calificaba de “prejuicio antimetafísico”. De nuevo, Popper se aproxima a Kant
en este punto y apuesta por una solución que pasa por considerar en su justa
medida a la metafísica: no es un saber científico pero no es un saber
despreciable ni que se pueda despachar sin más.
[3] Popper, K.: Sobre nubes y
relojes, X (en Conocimiento objetivo; traducción castellana de.
Tecnos, 2007)
[4] “Denomino problema de Compton
-escribe Popper- al problema de explicar y comprender el poder de control que
poseen los significados, como son los contenidos de nuestras teorías,
propósitos o fines”, es decir, aclarar
la “influencia del significado sobre el comportamiento” (Popper, K.: Sobre
nubes y relojes, XII)
[5] Una lectura atenta de la apuesta popperiana por el indeterminismo y sus presupuestos tanto epistemológicos como ético-políticos la podemos hallar en este artículo del profesor Juan Arana: “Determinismo y libertad en Popper”. (http://www.unav.es/gep/AF69/AF69Arana.html)
[6] “La relación causal se da entre
eventos (cambios de estado en el transcurso del tiempo), no entre las cosas o
sus propiedades”. […]. Dado que sólo los
eventos pueden causar, debemos declarar
inválidas las expresiones como “el gen G causa la característica C” y
“el cerebro causa la mente”. Deberíamos decir, en cambio, que la expresión o
activación del gen G causa su intervención en las reacciones bioquímicas que en
su momento dan como resultado la emergencia de la característica fenotípica C
[...] Las cosas no causan procesos, sino que las cosas experimentan procesos: y
los procesos, a su vez, causan cambios (eventos o procesos) en otras cosas. Más
brevemente: la relación causal vale únicamente entre cambios (eventos o
procesos)” (Bunge, Mario: A la caza de la realidad. La controversia sobre el
realismo; editorial Gedisa, traducción de Rafael González del Solar, 2007,
pg. 138).
[7] Foucault, Michel: “De
lenguaje y Literatura” en Obras esenciales vol. I: Entre Filosofía y literatura (Obras
esenciales, 3 vols. trad. Cast. Ed. Paidós, trad. de Ángel Gabilondo, 1999)
noviembre de 2009
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel 1696-0734
Depósito legal ZA-53-2003
Edita:
Asociación Cultural "Duererías".
E-mail: duererias@hotmail.com