Nota sobre la relación filosofía-literatura desde Milan Kundera
Pablo Redondo Sánchez
Resumen: En sus ensayos sobre literatura Kundera ha
hablado del “conocimiento como la única moral de la novela”. Con esta frase
manifiesta su convicción de que la novela europea ha abordado temas de un modo
mucho más penetrante de lo que cualquier filosofía haya podido hacer. El
artículo quiere examinar el alcance de esta expresión, fundamental en el modo
de entender la relación entre filosofía y literatura en Kundera y quiere sacar
a la luz una cierta ambigüedad e indeterminación en el uso que el autor checo
hace de aquélla.
Kundera
es sobradamente conocido como autor de obras literarias de éxito y amplia
difusión. Ha escrito además otros libros en los que reflexiona sobre su propia
labor como novelista. Uno de ellos es El
arte de la novela. En sus primeras páginas aparecen unas palabras que nos
van a servir de hilo conductor para pensar algunos aspectos sobre la relación
entre literatura y filosofía:
“La novela acompaña constante y fielmente al hombre
desde el comienzo de la Edad Moderna. La “pasión de conocer” (que Husserl
considera como la esencia de la espiritualidad europea) se ha adueñado de ella
para que escudriñe la vida concreta del hombre y la proteja contra “el olvido
del ser”; para que mantenga “el mundo de la vida” bajo una iluminación
perpetua. En ese sentido comprendo y comparto la obstinación con que Hermann
Broch repetía: descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única
razón de ser de una novela. La novela que no descubre una parte hasta entonces
desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de
la novela”[1].
Conviene
contextualizar adecuadamente estas líneas. Al comienzo de El arte de la novela Kundera hace una crítica a dos filósofos
decisivos en el siglo XX (Edmund Husserl y Martin Heidegger), pero se podría
decir que el alcance de su consideración polémica se podría extender a otros
muchos. En principio se muestra de acuerdo en la denuncia que estos dos autores
hicieron de procesos desarrollados en los últimos siglos, en concreto, el
incremento de la especialización científica y del modo de pensar científico que
habrían provocado un “olvido del ser” y un eclipse del “mundo de la vida”. Con
independencia del uso en cierto modo trivial que Kundera hace de estos dos
importantes conceptos, “olvido del ser” y “mundo de la vida”, quiere denunciar
que existe un peligro evidente de que el pensamiento científico-técnico acabe adquiriendo
una preponderancia tal que ciertas experiencias humanas, por ejemplo de tipo
estético, emocional o ético se quieran explicar también a partir de la
aplicación mecánica de la metodología científica. En una discusión Kundera
podría haber estado de acuerdo con Heidegger y Husserl en este aspecto. Sin
embargo, piensa que sus análisis filosóficos son en general equivocados.
Puede
ser verdad, nos dice, que ciertas corrientes filosóficas y científicas hayan
olvidado aspectos relevantes del ser humano, pero en su opinión este defecto no
es aplicable en ningún caso a la buena literatura. De hecho, poner de
manifiesto la complejidad del hombre y del mundo en sus múltiples dimensiones
es el tema en el que la novela habría puesto todo su empeño. Así para Kundera
todos los temas analizados por Heidegger en Ser
y tiempo y que “a su juicio [el de Heidegger] han sido dejados de lado por
toda la filosofía europea anterior”[2] fueron
expuestos de manera muy adecuada por cuatro siglos de tradición novelesca. Con
sus propios medios, con su lógica peculiar, la novela habría descubierto los
aspectos más recónditos de la existencia. Los esfuerzos filosóficos desde la
modernidad no habrían sido exitosos en su afán por explicar la complejidad de
lo real. En cambio la literatura y en concreto la novela, utilizando un método
propio, más dúctil, habría alcanzado lo que el espíritu de sistema filosófico
no habría logrado. Ese afán de conocimiento transitando caminos diferentes a
los andados por el pensamiento filosófico constituiría lo que denomina la
“moral de la novela”. Obviamente Kundera hace estas reflexiones bajo el
presupuesto de que se siente ligado a los cuatro siglos de tradición no como
filósofo sino como novelista[3].
Sobre
esta base, en lo que sigue queremos pensar con más detenimiento en esa fórmula
del “conocimiento como única moral de la novela” de la que nos habla el texto
citado. ¿Qué quiere decir en realidad el autor checo con esta expresión bien
llamativa? ¿Cómo argumenta y cómo la justifica para que no se quede únicamente
en un recurso literario? Adelantamos ya que, una vez leídos sus escritos sobre
literatura, tenemos la sospecha de que sus palabras remiten simultáneamente a
contextos opuestos, con lo que caen en una cierta indeterminación y ambigüedad.
Para intentar llegar a
nuestra conclusión ya esbozada vamos a seguir dos caminos, siempre en el ámbito
de la relación entre literatura y filosofía que queda establecido en el texto.
El primero de ellos es directo, en tanto que toma nota de las reflexiones del
propio Kundera. Sus ideas sobre la novela nos permitirán ver también cuáles son
sus opiniones con respecto a la filosofía, ya que va estableciendo una
contraposición constante entre ellas. Desde ahí podremos saber cuál es la
filosofía que está criticando. Veremos que su idea de la filosofía es muy
restringida, llena de prejuicios y, en justicia, sólo se podría aplicar a
alguna corriente filosófica.
El
segundo camino supone dar un cierto rodeo. A lo largo del libro ya citado así
como en Los testamentos traicionados[4],
Kundera se declara un ferviente admirador de Hermann Broch. En nuestro texto de
cabecera dice estar de acuerdo con el autor alemán en el aspecto cognoscitivo
de la novela, aspecto que al mismo tiempo representa su única moral. Pues bien,
adentrándonos en algunos escritos de Broch, intentamos mostrar qué importancia
dio este autor a la dimensión moral de la literatura, cómo la formuló y a qué
resultados llegó. De este modo, queremos definir más adecuadamente el ámbito
con el que Kundera se identifica.
De entrada insistimos en que la moral de la novela con
la que se identifica Kundera tiene unos presupuestos filosóficos que le impiden
alcanzar propiamente el ámbito que le ha atribuido como genuino (el mundo de la
vida, las situaciones concretas etc.). Kundera hace una contraposición fuerte y
constante entre el arte de la novela y la filosofía pero, por un lado, la
filosofía que retrata no es propia de muchos de los filósofos que menciona y,
por otra parte, justamente lo criticado de esos filósofos es lo que se le cuela
por la puerta de atrás (personificado en Broch en este caso) en su definición
de la moral de la novela como conocimiento. No son las inexactitudes
filosóficas las que aquí nos importan, porque Kundera como literato está
excusado. Si se pueden poner en cierto modo en su debe es porque él mismo cree
que la filosofía es impotente para llegar a conocer la totalidad de la
realidad. No se pregunta, sin embargo, si toda la filosofía ha defendido o
pretendido algo así o si ha habido tendencias cuya intención fundamental haya
sido precisamente criticar esa pretensión de totalidad. Al establecer la moral
de la novela como conocimiento está dando la espalda y no ve en absoluto las
filosofías que establecieron los limites de ese tipo de proceder cognoscitivo,
entre ellas las de Heidegger y Husserl. Presupone directamente que, como
algunos denunciaron que no se podía conocer la totalidad, se estaba diciendo
que quedaba el camino abierto para que entrase en juego el arte y lograse
llegar donde la filosofía no había llegado.
Las alusiones que ha hecho
Kundera a Heidegger y a Husserl hacen inevitable mencionar algunos aspectos
fenomenológicos en este contexto. En un primer momento, en la separación de la
actitud, parece que Kundera estuviese en la misma línea de pensamiento de
Heidegger con respecto a las situaciones o de Husserl con el mundo vital. Es
decir, parece que está denunciando la intrusión de la teoría en ámbitos
a-temáticos y pre-teoréticos. Sin embargo, veremos que la posterior alusión a
la intención del conocimiento y a Broch hace que todo se confunda.
En
general Kundera incluye a todos los filósofos en la caracterización de que
operan con, desde y para un sistema. Intentando escudriñar esta noción de
sistema vemos que no se refiere tanto al contenido como a la forma. Kundera
alude eso sí a que por regla general el contenido de los pensamientos
sistemáticos suele ser dogmático, pero le preocupan ante todo los problemas de
forma. Esto parece confirmarse a la hora de calificar los extravíos
sistemáticos de algunos de sus escritores favoritos. Considera los ensayos de
Musil como muy aburridos y pesados[6]. El
mismo juicio o más duro todavía tendría que haber emitido con seguridad sobre
los de Broch. Sin embargo, parece que Kundera no atendió demasiado al papel que
esos autores atribuían a su producción “sistemática”.
Al
igualar la filosofía con lo sistemático no quiere decir que no haya pensamiento
en las novelas. Sí lo hay pero es un “pensamiento novelesco”[7]. Da
así la impresión de que el pensamiento puede ser el mismo pero la forma de la
novela lo dota de una mayor flexibilidad y de mayor penetración cognoscitiva.
Con esta división tan rígida Kundera no tendría palabras para calificar a las
filosofías que explícitamente optan por salirse de un sistema y que niegan la
noción misma de sistema.
El
primer camino no parece haber ayudado demasiado a aclarar lo que es la moral de
la novela como conocimiento, ya que Kundera utiliza los contextos filosóficos a
los que ataca con cierta falta de rigor. Intentémoslo tomando la segunda vía, a
través de Broch. La gran paradoja en estas consideraciones es que Broch, uno de
los autores (literatos) más admirados por Kundera, es un defensor de la
filosofía que éste critica con dureza. Examinemos brevemente algunos
comentarios a una de sus novelas más conocidas: Die Schuldlosen[8].
Kundera nunca pone de manifiesto que Hermann Broch no entendía los comentarios
y las reflexiones que hacía sobre su obra como algo secundario, subordinado al
material novelesco. La pretensión fundamental de Broch era nada menos que
expresar la totalidad del mundo. Para ello, el naturalismo propio del siglo XIX
era completamente insuficiente porque no daba cuenta más que de un nivel. Hace
falta la exposición de toda la escala de la realidad y de su pensamiento, desde
el nivel inconsciente hasta la reflexión más pura. Surgen así tres niveles: el
de lo externo como el nivel de lo inconsciente, el nivel psicológico en el que
se trataría la exposición de los pensamientos de los personajes y, por último,
el nivel teórico del conocimiento, que es el nivel propio del autor, el nivel
del comentario “en el que [el autor] transforma la lógica general y oscura de
la vivencia en la lógica racional de la comprensión racional”[9]. Sin
este tercer nivel los otros dos no tienen sentido pleno. Esta manera de ver la
literatura de manera eminentemente epistemológica se deja sentir también en la
definición que de sí mismo da Broch en estos comentarios: “El autor es
matemático, filósofo y literato”[10]. El
orden de los atributos no es casual y hay que tenerlo en cuenta porque
configura la perspectiva desde la que se comprende las demás afirmaciones de
Broch sobre la literatura.
Para él
la novela no puede limitarse a exponer la dimensión psicológica, social o
económica, sino que debe preocuparse por las preguntas fundamentales de la
ética. En el caso del grupo de narraciones Die
Schuldlosen, quiere exponer todos los niveles de la situación completamente
nueva que se dio después de la Primera Guerra Mundial en la que todos los
valores del XIX habían caído. Hubo una falta de referencias y un aislamiento
completo del individuo en el que surgió uno de los mayores males para Broch, la
indiferencia sin responsabilidad. De los protagonistas del libro sólo uno se
hace nazi con posterioridad. Sin embargo, aunque todos podrían haberlo sido,
son inocentes. En la soledad no hay culpa. Broch entiende la culpa como una
categoría ética, una categoría de la escisión que encuentra su contrapeso en la
reconciliación, no en el castigo. La reconciliación estará íntimamente ligada
al concepto de purificación.
Aquí
está el punto decisivo. Broch no considera que la novela deba tener una
vertiente moralizante, no es que deba ofrecer nuevas pautas para salir de los
atolladeros de la existencia. Tampoco debe provocar una conversión, porque sólo
el que está convencido se convierte[11]. Sí
que debe proporcionar, sin embargo, una nueva conciencia de la realidad. Es
decir, la reconciliación, la purificación, en ningún caso son posibles sin el
descubrimiento de esa nueva realidad. Tenemos entonces que el fin propuesto, de
profunda raigambre ética, se ha de conseguir por medios epistemológicos.
Mantenerse en un elemental nivel descriptivo nunca puede proporcionar la nueva
conciencia de la realidad. Para obtenerla hay que ahondar en las profundidades
del conocimiento metafísico y ético. De esta manera se puede ver en Broch una
jerarquía de niveles. Todos son necesarios, pero unos contribuyen de manera más
activa y consciente que otros a la exposición de la totalidad. También el nivel
físico tiene que ser recorrido, pero si no se llega al ético-metafísico el
esfuerzo habrá sido baldío. La ética se concibe entonces como el punto
culminante de una escala cognoscitiva, como el punto final de un proceso.
El
desencadenante de ese proceso es la obra artística que lleva en sí el germen de
la purificación. Lo bello es entendido como el punto de inicio para la
purificación ética del alma humana. En las situaciones más difíciles de
soledad, aislamiento etc., la posibilidad de decir yo en el hombre le permite
trascender lo físico para llegar a lo infinito, a la totalidad. Esto sólo se
puede hacer en el arte mediante la teoría del símbolo. Ésta tiene en Broch una
influencia platónica aplastante, pero además queda completada con elementos
psicologistas que le dan un carácter peculiar y algo confuso[12].
Hemos delineado brevemente
el contexto en el que Broch entiende la dimensión moral del arte como
conocimiento.
Efectivamente, tal como
anunciaba Kundera en el texto de cabecera, en Broch se puede decir que la moral
de la novela es el conocimiento, pero el significado de moral parece muy
distinto al que le da Kundera. Para Broch hay una moral de la purificación por
el conocimiento, hay confianza en que el hombre es capaz de llegar a la
totalidad por medio de la reflexión, la sistematización y el paso de un nivel
de realidad a otro. En Broch la moral como conocimiento es una formulación
sustentada por todo un sistema filosófico. No es así en el caso de Kundera para
el que “moral” no se utiliza como un término filosófico, sino de manera
inexacta, como sinónimo de la intención profunda de la novela o de la condición
sine qua non de ésta.
Comprobamos
de esta manera que todos los puntos que Kundera criticaba a los filósofos se
cumplen en Broch de una manera explícita. Se podría plantear la pregunta de si
el primero realmente se identifica con estas propuestas de Broch. Ya hemos
dicho que siente rechazo ante los que buscan una actitud en la obra de arte, ya
sea política, religiosa etc. Broch defendía nada menos que la purificación por
medio de lo bello, lo que llevaría a un nuevo aspecto de la realidad. Kundera
parece que en ningún caso estaría de acuerdo con la sistematización del
conocimiento con fines morales.
Se ve
en suma que el contexto filosófico de la afirmación del conocimiento como la
única moral de la novela se vuelve contra las intenciones de Kundera, que toma
los términos “moral” y “amoral” de un modo poco riguroso y los relaciona de una
manera algo ligera con el conocimiento. Parece querer utilizar “moral”
queriéndose apartar de una determinada dimensión filosófica, pero queda
atrapado por ella sin ser plenamente consciente de ello.
[1]
Kundera, Milan, L´art du roman . Trad. esp. de Fernando de
Valenzuela y María Victoria Villaverde, El
arte de la novela, Tusquets, Barcelona, 1987, pp. 15-16. Cursiva mía.
[2] Ibid., p. 15 de la trad.
esp.
[3] Cf. Ibid., p. 14 de la
trad. esp.
[4]
Kundera, Milan, Les testaments trahis, (trad. esp. de
Beatriz de Moura, Los testamentos
traicionados, Tusquets, Barcelona, 1994)
[5] Kundera, Milan, Los
testamentos traicionados, op. cit., p. 100 de la trad. esp.
[6] Cf. Ibid., p. 249 de la
trad. esp.
[7] Ibid., p. 249 de la
trad. esp.
[8]
Broch, Hermann, “Hermann Brochs Kommentare” en Die Schuldlosen. Roman in elf Erzählungen, Kommentierte
Werkausgabe, Paul Michael Lützeler (ed.), Vol. 5, Suhrkamp, Frankfurt am Main,
1994, pp. 293-328.
[9]
Broch, Hermann, “Bemerkungen zu den “Tierkreis-Erzählungen””, en Die Schuldlosen, op. cit., p. 299.
[10] Broch, Hermann, “Inhalt und Darstellungsmethode der Schuldlosen”, en Die Schuldlosen , op. cit., p. 301.
[11] Cf. Broch, Hermann, “Entstehungsbericht”, en Die Schuldlosen, op. cit., p. 327.
[12] Cf.
Broch, Hermann, “Bemerkungen zu den “Tierkreis-Erzählungen””, en Die Schuldlosen, op. cit., p. 294.
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel
1696-0734
Depósito legal
ZA-53-2003
Edita: Asociación Cultural "Duererías".
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