El mal… tan absolutamente innecesario
Miguel Alejo Alcántara
[vista en pdf]
“La bondad, o lo que a menudo se
considera como tal, es
la más egoísta de todas las virtudes: nueve de cada
diez
veces es simple indolencia de carácter”.
William Hazlitt
Resumen: El hombre se ha planteado a lo largo de los siglos qué es
el bien, lo deseable, y en consecuencia también se ha ido interrogando sobre el
mal, su origen, las características que lo conforman, las condiciones bajo las
que aparece... Las interpretaciones son diversas según la posición de partida:
desde la ética, la teología, el ateísmo, la ideología, el origen del mal se
sitúa una y otra vez en el hombre y en sus relaciones con los otros a lo largo
de la historia. Incluso se llega a plantear como un camino intermedio,
inevitable, hacía el bien final, determinación que excluye el principal valor
del ser humano, esto es, la posibilidad de elegir. En cualquier caso, parece
claro que el mal no es algo necesario y existe la posibilidad de reducir el
daño que produce en el hombre al ámbito de la moralidad, que en el
espacio público vendrá establecida por la Justicia.
Suele decirse, con mayor o menor acierto,
que a Dante le salió mejor el
infierno que el cielo, en la Divina Comedia,
y parece que la razón aducida comúnmente es que tenemos tantos y tan
variados indicios en la tierra sobre el
infierno, cuantas escasas referencias sobre lo que el cielo pudiera ser.
Y es que, en verdad, la historia es una sucesión
interminable de muestras del mal: dolor, tristeza, miedo, sangre, abandono,
desesperación y muerte son algunos ejemplos.
Este siglo pasado ha sido especialmente pródigo en
manifestaciones del mal y esa es la razón de que, tanto la filosofía como la
teología no cesen de reflexionar sobre el origen, las causas o los efectos del
mal en el mundo.
Pero..., ¿a qué llamamos mal?, ¿de dónde surge el
mal, tanto mal?
Si hay un Dios benevolente, por otro lado, ¿cómo es
posible que permita el mal y el sufrimiento? ¿Es acaso el mal algo intrínseco
al hombre o externo a él?
Trataremos de ir reflexionando sobre éstas y otras
cuestiones aunque, probablemente, habremos de dejar las respuestas en el aire,
porque el mal, antes que ninguna otra cosa, es un auténtico misterio.
El hombre moderno es un ser lleno de conflictos internos,
inmerso en una sociedad convulsa y agresiva, en medio de la cual se desenvuelve
y actúa; sus actos, como es lógico, tienen consecuencias que, a su vez, son
sancionables como buenas o malas,
aceptables o reprobables. Entramos así en el terreno de la ética, cuyo objeto
formal es el bien moral, es decir, el conjunto de actos o costumbres en cuanto
“buenos” o “malos”.
Aristóteles y Santo Tomás consideraron que el bien
es aquello que todo hombre apetece; todo nuestro hacer responde a un proyecto,
agathón, con vistas a un fin, en cada caso el mejor posible.
Pero, como dice Zubiri, “el proyecto es instado por
la realidad y montado sobre ella”, insertando así el proyecto en la situación
y, como la situación es cambiante e inestable, el hombre se ve obligado a
construirse otra nueva. Nace así la intencionalidad y la posibilidad.
Toda posibilidad que el hombre se apropia es buena,
por su propensión natural, luego la realidad entera es buena. Luego entonces,
si todo es bueno, y no podemos apropiarnos de todo, habremos de elegir, aunque
no entre todas las posibilidades, porque hay una, a la que tendemos por
necesidad, que es la felicidad, una posibilidad ya apropiada a la que estamos
obligados. Así pues, el deber pende de
la felicidad y no puede fundar la moral porque se halla subordinado a la
felicidad.
Kant rechazará el predominio de esta idea de
felicidad, así como el de la idea de bien, y las reemplaza por la idea del
deber.
Frente a esa idea del bien como tendencia del
hombre podemos, en sentido negativo,
definir el mal como todo aquello que se opone al bien, como privación
del bien debido, todo aquello contrario a los deseos o necesidades de los
hombres y que, por consiguiente, los aleja de la felicidad, produciendo
sufrimiento y dolor.
Probablemente la intuición más profunda de la
condición humana es la propensión al bien y, en consecuencia, también al mal.
La religión sitúa el bien y el mal en el individuo
mismo, independientemente de las circunstancias externas, por lo tanto también
la culpa, mientras que la ideología considera al hombre naturalmente bueno y el
mal un hecho accidental, consecuencia de los desequilibrios sociales, la
miseria, la ignorancia,...
Por lo tanto, una vez superados los conflictos
sociales el mal desaparecerá.
Como puede
apreciarse, la ideología tiene un enorme atractivo sobre la religión: ofrece
una liberación de la culpa, mientras ésta la carga sobre el ser humano.
La ideología racionaliza el mal, haciéndolo
histórico y superable, no algo esencial pero, por otro lado, como aspecto
negativo puede convertirse, como hemos visto en los últimos años, en un potente
mecanismo de proyección y socialización de la culpa, con efectos tan horrendos
como el holocausto judío.
A su vez la religión acepta el carácter misterioso
del mal, como se manifiesta en el Libro de Job, ante la realidad del mal lo
mejor es callar, así como la relación bien – mal ya
que, en definitiva, el ser humano sería obra de Dios, como parte de la
creación, y sus designios escasamente penetrables para la razón humana.
Ambas tendencias del espíritu humano son legítimas:
tanto la que intenta racionalizar el misterio como la que se entrega a su
fascinación.
En cualquier caso, plantearse el mal ha estado,
tradicionalmente, asociado a la divinidad;
las religiones politeístas tenían perfectamente distribuidas sus
deidades, malignas o benéficas, pero el
problema surge con el monoteísmo y la existencia de un solo Dios, creador de
todo lo que existe, para explicar la presencia del mal: si hay Dios, ¿por qué existe el mal?
Y si es omnipotente, ¿por qué no lo evita? ¿Cómo es
posible que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se haga inhumano?
Para el ateo el problema lógico del mal se resuelve
como escribió David Hume: “Si Dios está dispuesto a impedir el mal, pero no
puede, entonces es impotente; si puede hacerlo pero no quiere, entonces es
maligno”. Es ilógica e irracional la
simultánea existencia del mal y el sufrimiento con la de un Dios todopoderoso y
benevolente. Un Dios bueno no permitiría que existiera el mal.
Sin embargo, desde la teología católica “el dolor
es la continua pieza de la confianza en la existencia de Dios”, en palabras de
Hans Küng. También, por otro lado, en el Antiguo Testamento se sugiere que “los caminos de Dios
benevolente son enigmáticos y están más allá del entendimiento humano”.
Podría
decirse que el mal no sería, en ese sentido, sino una ilusión del bien,
ininteligible para nuestra razón limitada.
Aún más, en el libro “Matan Tora”, escrito por el
Rabino Yehuda Leib Ashlag (1882-1955) se
dice: “... porque solamente el que tiene la oportunidad de ver la Creación en
todas sus etapas, hasta llegar a la etapa final, puede tranquilizar los ánimos
y no temer de todas las etapas intermedias no buenas y confiar, por lo tanto,
que la final, con la madurez, será hermosa y clara”. En este caso se viene a plantear el mal como
una situación forzosa, el mal necesario, hacia el bien definitivo que espera al
hombre.
Así entendido, el mal actual sería un paso intermedio y obligado en el
camino de perfeccionamiento del hombre en la tierra, una etapa que se tiene que
superar para alcanzar el objetivo
último: el bien.
La Historia, en este caso sería un sistema
cerrado, al modo hegeliano.
Afirmaciones
como la anterior niegan por completo el libre albedrío, nuestro
principal valor como seres humanos, el que nos otorga propiamente el carácter
humanizador, la libertad de obrar y elegir, lo que nos hace semejantes a Dios,
porque sólo el hombre es responsable de
sus actos. Para bien o para mal, Dios no
es sino “un simple espectador”.
J. J. Rousseau, en “El contrato social”, habla de
la bondad del hombre como “su estado natural”
y culpa a la sociedad de corromper al hombre, sacándolo de ese estado
natural en que se hallaba, y hacer de él un ente del mal.
Kant, contemporáneo de Rousseau, escribió, por el
contrario, que “todo hombre adolece de
una inclinación natural al mal”.
Puede
apreciarse que hay opiniones para
todos los gustos pero, lo que es irrefutable, en cualquier caso, es la
presencia del mal en el mundo. El mal existe, ya sea como contrapunto del bien
o fachada del mismo, dando sentido a la búsqueda del bien por parte del hombre,
como un anhelo, como ejercicio de superación, como consecuencia de la libertad
de obrar, o de la manera que cada cual quiera interpretarlo.
Como alguien
ha dicho: “nadie sabe detrás de qué puerta se halla Dios, el bien en
nuestro caso, así que... prueba”.
Sea como fuere, hoy más que nunca, se hace
necesaria la esperanza en el ser humano y cobra vigencia lo que escribió
Ernesto Sábato en 1997, tras la terrible dictadura que aterrorizó su país:
“Sólo quienes sean capaces de sostener la utopía, serán aptos para el combate
decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”, haciendo
referencia a esa capacidad humana de volver sobre los pasos, desandar el camino
y aprender de los errores.
Dicho todo lo anterior, ¿se trata de justificar a Dios o de
reflexionar desapasionadamente sobre el mal?
Fue Leibniz el primero en utilizar el término “mal
metafísico” y en sacar el problema del
mal del ámbito teológico, para situarlo en el orden filosófico, así como del dilema aparentemente insoluble
de Epicuro, distinguiendo, como también lo hiciera Santo Tomás, entre lo que un ser, incluido Dios, no puede hacer o impedir y aquello que no
puede ser hecho por ser metafísicamente imposible. Porque la limitación está en
la raíz misma del mal, tanto físico como moral.
Ahí se halla su verdadero origen, en la estructura misma de la Creación,
precaria y vulnerable.
Un mundo sin mal sólo sería posible en una Creación
perfecta, ya acabada desde el momento mismo de su finalización, sin historia
cósmica ni humana, por lo tanto, y cuyo único protagonista fuera el ser
absoluto e infinito.
Por eso, a lo finito y limitado le corresponde la
carencia que, a su vez, provoca en el hombre un sentimiento de privación y de
angustia, a la vez que una especie de atracción y anhelo que empuja al hombre
hacia el mal, como si de un abismo se tratara, para escapar del tedio, porque
es evidente que la transgresión seduce, distingue, resulta elegante, ... , en
una suerte de definición de Thomas de Quincey:
“ ... el asesinato como una de las bellas artes”.
El
hombre, pues, siente una profunda contradicción pues anhelando el bien en el
plano de la intención y del proyecto, como ya vimos en Zubiri, hace el mal, mysterium iniquitatis, en el ámbito de la actuación,
del obrar; aspirando a ser como Dios, se
vive incapaz de serlo y eso le lleva a la angustia existencial y a preguntarse por
el verdadero sentido de la existencia.
Otra
posibilidad es plantear el mal en su vertiente antropológica, lo que es tanto
como plantearlo en la casi totalidad de su realidad, porque se trata de una
negatividad que comienza con la persona, por un lado, o sin nacer de ella,
específicamente, la alcanza, como vemos en múltiples ejemplos de la vida
cotidiana.
A pesar de todo el hombre lucha día a día contra el
mal, porque lo real tiene aspectos
positivos, también acoge el bien en su seno y porque además, la historia de la
humanidad demuestra que las sociedades han evolucionado inequívocamente.
El mal puede explicarse como carencia de un bien
debido, ya lo dijimos, pero en él hay, del mismo modo, un carácter
posicional: el hombre, productor de mal
volitivamente, lo convierte en bien de
su voluntad, aunque se trate de un bien perverso; en otras palabras: el mal es
un conflicto del bien con el bien de la voluntad, la buena voluntad: “porque esto es bueno lo quiero”; la mala:
“esto es bueno porque yo lo quiero”.
En este punto se está planteando la existencia de
una conciencia moral en el ser humano, lo que tiene sus implicaciones pues, si
por un lado la voluntad es autónoma, por otra parte se siente deudora de un
bien que la reclama como deber y esa tensión es esencial a la libertad humana.
Merece la pena citar ahora a Kant y su definición
de mal radical, expresada en un ensayo
titulado “Sobre el mal radical en la naturaleza humana”, de 1792,
y retomado más tarde en “La religión dentro de los límites de la mera
razón”, de 1793.
Para Kant el mal radical, das radícale böse, tiene
que ver con la libertad del hombre, pertenece al ámbito de la
antropología; al ser libre, el hombre no está sometido a ningún otro ser
y sólo tiene que acatar leyes dictadas por su propia voluntad, en tanto que
buena. Pero cuando desciende al nivel
práctico, el hombre es consciente de que sus fuerzas no alcanzan para hacer de
su voluntad algo auténticamente bueno, cosa que sólo puede lograr con la
confianza de la ayuda divina que supla aquella debilidad, y aquí se produce la
paradoja de la naturaleza humana: finita y necesitada, por una parte e infinita
y razonable, por otra.
Según
Kant, ninguna profesión de fe dogmática, ni práctica alguna, harán al
hombre más digno de la ayuda divina y por eso él cree que el hombre
recto, el de buena voluntad, que Kant personifica en Job, es preferido por Dios al que es simplemente
piadoso.
El
mal radical de Kant está enraizado en la naturaleza humana. La voluntad del
hombre es racional, infinita por tanto, pero él es finito y aquí, repetimos, se
encuentra la paradoja: finito y racional a la vez. Sin embargo, en dicho
planteamiento metafísico, imposible de resolver, no reside el mal, sino que se
trata de un problema que se sitúa en el ámbito de la ética, de práctica, como
se ha apuntado anteriormente.
Si
el hombre tiende al bien, como decía Aristóteles, y, por tanto a la
felicidad, es ésta la que mueve a la
virtud.
Kant contrapone a esta idea la moral de la
intención: la virtud no debe moverse por la búsqueda de la felicidad sino por
la ley, única garantía de una moral universal.
Según nos dice, el deseo de felicidad no es bueno
ni malo, sino la oportunidad que tiene el hombre de ser moral o no. El bien o
el mal se dicen de la voluntad que se manifiesta libre o sucumbe y es dominada.
Los hombres desobedecen la ley que su propia razón les revela, se hacen
malvados, y todo por falsear su propia libertad. Aquí se produce otra situación
de ansiedad puesto que nunca estaremos seguros de si nuestra intención fue
obedecer la ley o a nuestro deseo, y eso porque el mal está instalado en el
hombre radicalmente.
Lo
que debe impulsar la acción y regular el libre albedrío es la ley moral, de lo
contrario será la máxima la que regirá el albedrío. Pues bien, la confusión
entre la ley moral y la máxima es el mal radical.
Para
Kant “Dios es un ser razonable” en el sentido de que todo hombre que se
atenga a la razón se asegura la justificación; por eso Kant transforma la idea
cristiana del pecado original por la razón “razonada” del mal radical, como mala voluntad, y señala tres niveles de
inclinación del libre albedrío que lo lleva al mal:
· La fragilidad de la naturaleza humana.
· La impureza, mezcla de impulsos morales e inmorales.
· La malignidad, esto es, la inclinación a adoptar máximas “malas”.
Porque el mal representa una decisión, es la
negación de lo que pretende afirmar, de la libertad misma.
Kant recibe de Lutero la convicción de que el
hombre es malo pero, al contrario que en aquel, para Kant se trata de una
tendencia de la libertad, si bien no forma parte de la naturaleza. No es algo necesario, el hombre puede aspirar a
un progreso hacia el imperio de la ley moral. El mal solo triunfa con la
subjetividad, cuando ésta pesa más que la ley moral. Si el hombre detentara una
razón que lo liberara de la ley moral, se convertiría en un ser diabólico,
porque carecería de toda posibilidad de buena voluntad.
El
mal radical aparece cuando triunfa el amor a sí mismo sobre cualquier otro, es
el que marca el límite de la naturaleza humana frágil, impura y libre. El
hombre, ontológicamente, es llamado al bien, empíricamente elige su
libertad. Por eso no es bueno o malo
definitivamente, sino que lleva en su interior la lucha del bien contra el mal.
El hecho de extraer el mal del orden metafísico
para llevarlo al terreno ético, rompe
con el modelo griego en que el ser es
idéntico al bien, por eso permite afirmar la existencia del mal radical.
Para
Kant la identidad ser-bien, realizada por la razón, queda en evidencia a nivel práctico, donde
aparece el mal. Es por eso por lo que es fundamental la idea de libertad,
porque si el hombre no es libre no
existe el bien ni el mal.
Dicho
todo lo anterior sobre el mal cabe preguntarse por el sentido de la vida humana
y del mundo, donde se repiten, hasta extremos insufribles, manifestaciones de
aquel, sin que tengamos una sola respuesta de para qué sirve el mal, de por qué
tanto mal.
De
nuevo nos encontramos con Leibniz que quiso exculpar a Dios de la creación de
un mundo malo; según él pensaba, Dios
creo el mejor de los mundos posibles, donde el mal metafísico es el límite
natural de los seres, el físico inevitable en un mundo bueno y el moral culpa
de los hombres y de sus abusos, nunca responsabilidad divina.
Mounier habló de un optimismo trágico para
referirse al balance positivo, a pesar de todo, de la experiencia humana, como
la historia pone de manifiesto.
Por
su parte el marxismo, en su cosmovisión, trata el mal en función del futuro y
su evolución; sin embargo, situaciones como el holocausto, echan por tierra tal
interpretación, a la vez que advierten del peligro que comporta, porque pueden
convertirse en un mal por sí mismas al servir de justificación, e incluso de
recurso, a los diversos totalitarismos que en el mundo han sido. ¿Qué decir,
pues, del mal gratuito y absurdo que a diario se presenta ante nuestros ojos?
¿Qué pensar de las futuras generaciones, supuestamente felices a costa del mal
de sus antepasados? ¿Por qué razón, entonces,
los ideadores de las antiutopías, como “Un mundo feliz”, erradicaron de sus
individuos el recuerdo del pasado y desgajaron el sentido de la historia?
De
acuerdo con Mounier, el sentido del mal y el presunto optimismo de la
existencia, nos sitúan más allá de la razón y, por ello, se insiste en el mal
como un misterio.
En este aspecto no podemos dejar de lado el echar
una breve mirada al campo de exterminio de Auschwitz. Según
Juan Bautista Metz “los cristianos jamás podrán volver atrás de Auschwitz
ni ir más allá solos, sino solamente con las víctimas de Auschwitz”. Este campo se ha convertido en un símbolo del
dolor y del sufrimiento que no puede ser mirado de reojo. Todo intento de
teodicea cristiana, o justificación de Dios,
tiene que tener la vista puesta en Auschwitz y lo
mismo ocurre con cualquier intento de respuesta sobre el sentido de la
historia.
Metz pone en
guardia contra aquella metafísica de salvación triunfalista que nunca aprende
de las catástrofes ni cambia de rumbo, pese a quien pese; porque no sería ético, en ningún caso,
referirnos al sentido de la historia a espaldas de sus víctimas, sino sólo “con
ellas”. Parece que no queda, finalmente,
más recurso que el religioso.
Para Theilard de Chardin, por ejemplo, el optimismo
tiene un eje central: la visión de la eternidad del hombre en cada individualidad, “Todo mal es relativo si se
ve la muerte como nacimiento a una nueva vida en la que el hombre alcanza el
éxito de su propio ser”. Sin ese recurso religioso a la vida eterna, la afirmación
del sentido no se sostiene.
En la actualidad algunos teólogos dan la vuelta al
planteamiento de Leibniz; no se trata de justificar a Dios dado el mal, sino
de que el mal, por su carácter enigmático, conduce a la búsqueda de la
transcendencia para tratar de otorgarle sentido, o para darnos la fuerza
necesaria para combatirlo. En palabras de Santo Tomás de Aquino: “Quia malum
est, Deus est” (porque existe el mal, existe Dios ). Y en Heidegger: “Sólo un
Dios puede salvarnos”.
Para concluir esta pasada “rapsódica” por el misterio del mal, me gustaría
referirme brevemente a un aspecto del mismo puesto de manifiesto por el
profesor Carlos Thiebaut en el Seminario de Filosofía titulado El problema del
mal en la filosofía política contemporánea, que se celebró, hace algún tiempo,
en la Fundación Juan March.
Entre otras consideraciones, ya comentadas en este
texto, resulta muy interesante la noción
de daño como una forma moral y política de hablar del mal, referido
exclusivamente a las acciones humanas.
Dice el profesor Thiebaut que frente a una
reflexión teológica que, de un modo u otro, trata de justificar la existencia
del mal en el mundo, así como su necesidad, se impone una visión secularizada
en la que el daño sea concebido como algo que no era necesario que ocurriese y,
en esa medida, el daño queda situado en el terreno de la moralidad, de lo que
se puede hacer o no y, por lo tanto, se puede también rechazar el daño que no
sea necesario.
Especialmente ilustrativa es la idea de cómo el
daño secularizado puede verse como un proceso que constituye en el espacio
público su razón de ser y cómo ese proceso es absolutamente contingente.
Hay dos aspectos dignos de mención
especial en este proceso de constitución pública: las voces que lo articulan y
el tiempo en el que se ponen de manifiesto, ambos integrados en una determinada
forma de cultura pública y política, propia de las sociedades
democráticas, pero no por definición, sino logrados a través de un ejercicio
permanente de reflexión, análisis y debate sobre qué es lo dañino y por qué debe ser
rechazable.
La temporalización es igualmente fundamental para
hacer inteligible, para verbalizar el daño y ponerlo de manifiesto porque, como
es sabido, nombrar algo es otorgarle materialidad, es dotarlo de un espacio público, si se me permite la
expresión. Lo que el autor llama Justicia, es ese espacio público carente de
daño, de evitación del mismo, porque el daño nos concierne a todos seamos o no
víctimas de él.
No hacer nada por impedirlo o paliarlo es una forma
de empezar a sufrir su iniquidad, a padecerlo, porque daña el espacio público,
en el que todos nos movemos, y se
establece en forma de injusticia.
V.V. A.A.. “El mal: irradiación y fascinación”. Ed. del Serbal. Universidad de
Murcia, 1993.
Ayllón, J. R. “La buena
vida, una propuesta ética”. Ed. Matínez Roca. Barcelona, 2000.
Freud, S., “El malestar en la cultura”. Alianza Ed., Madrid, 1988.
Fraijoo, M. “Fragmentos
de esperanza”. Ed. Verbo Divino. Navarra 1992.
V.V. A.A. Revista
Acontecimiento, Nº 13, ( El problema del mal ). Instituto Mounier. Madrid,
1989.