El eterno problema del tiempo.
La dialéctica movimiento/alma en Aristóteles
Inmaculada
Morillo Blanco
Resumen:
El presente artículo pretende ofrecer una aproximación a una de las respuestas
que sobre la naturaleza del tiempo se han dado a lo largo de la Historia de la
Filosofía: la que encontramos en los capítulos 10-14 del libro IV de la Física
de Aristóteles. Dos son los términos principales que afloran en la definición
aristotélica del tiempo: la movilidad, dato objetivo y propiedad esencial de los
entes físicos, y el acto subjetivo del alma que numera el antes y el después.
En lugar de oponer lo abstracto a lo concreto o de disociar el papel del sujeto
y del objeto, Aristóteles respeta íntegramente los términos del problema. El
tiempo nace del reencuentro entre ambos, tal y como subyace armoniosamente en
su definición. Con ello Aristóteles no pretende resolver el misterio del
tiempo. Tan sólo levantar acta de la complejidad que supone delimitar su
paradójica y escurridiza
realidad.
¿Qué es el tiempo? Antes de apresurarnos a dar una
respuesta y experimentar que aún sigue cumpliéndose la vieja sentencia
agustiniana[1], conviene recordar que el
tratamiento del tiempo en filosofía no es algo casual o vagamente analizado
aquí y allí, en unos y otros autores, de forma dispersa y desordenada. Antes al
contrario, el tiempo es uno de los temas omnipresentes en la Historia de la
Filosofía[2]. Las mismas preguntas que
tradicionalmente caracterizan y definen a la filosofía como saber, cuestiones
típicas como “quiénes somos”, “de dónde venimos”, “qué nos cabe esperar”…
poseen de fondo un componente temporal esencial. A este respecto, no es difícil
comprobar que el propio lenguaje filosófico es ya, por sí mismo, temporal y lo
que es más importante, que esta característica, lejos de ser una propiedad
exclusiva de tal o cual lenguaje, puede afirmarse de cualquiera en general, y
muy especialmente del lenguaje coloquial. Inundando por tanto la práctica
totalidad de las esferas de la vida, desde lo cotidiano hasta lo más transcendental,
no es de extrañar que el tiempo haya sido, sea y será tema central de la
filosofía.
Sin embargo, no deja de ser paradójico que de esta
omnipresencia surja una de las dificultades principales de la investigación,
filosófica o no, sobre el tiempo: intentar dar con su definición, porque de
inmediato caemos en la cuenta de que los conceptos con los que pretendemos
aprehender su huidiza realidad son ya de por sí irremediablemente temporales.
De ahí también que, atrapados por las limitaciones de nuestro lenguaje,
entremos en una suerte de laberinto conceptual a medida que avanzamos en
nuestra reflexión, de manera que poco o nada parece que hemos progresado cuando
al final volvemos a encontrar los mismos términos con los que dábamos comienzo.
Quizá nos falten aún los conceptos con los que pensar y concebir la realidad
temporal, conceptos que vayan más allá de la encrucijada entre el camino del
devenir y el de la eternidad, a la que una y otra vez se ha visto abocada la
tradición filosófica en su aspiración por conocer la naturaleza del tiempo.
La ciencia no se libra tampoco de esta dificultad. Esta
es la impresión de fondo que nos dejan algunas investigaciones realizadas[3] en las que, se reconozca
explícitamente o no, hay una evidente interacción entre ciencia y filosofía.
Tal es así que aquélla finalmente parece traspasar sus propias fronteras para
volver a la cuna de su nacimiento: la filosofía. El tiempo se presenta pues
como un tema fronterizo, casi resbaladizo, entre filosofía y ciencia en el que
una y otra finalmente acaban por darse de la mano. Al fin y al cabo, la ciencia
no deja de ser hija de la filosofía.
En definitiva, bien desde la reflexión filosófica donde
el tiempo se presenta como una de los temas centrales, bien desde una
perspectiva científica en la que aparece como uno de los “dilemas” sin
resolver, parece necesaria la revisión y vuelta a los distintos planteamientos
que se han dado desde los comienzos de la filosofía. He aquí el propósito
principal que perseguimos en este artículo: exponer una de estas respuestas a
la luz del que consideramos uno de los principales tratados que sobre el tiempo
nos transmitido la tradición filosófica: el que encontramos en los capítulos
10-14 del libro IV de la Física de Aristóteles.
¿Por qué elegimos precisamente este planteamiento? En
primer lugar, su valor histórico y filosófico está fuera de toda duda si
tenemos en cuenta que es en estos pasajes donde encontramos por primera vez un
tratamiento sistemático del tiempo. Esto no quiere decir que no se haya indagado
anteriormente sobre su naturaleza. La reflexión sobre este tema está presente
en los primeros pasos de la filosofía, pero mientras que con anterioridad al
tratado aristotélico había sido expuesto de forma más o menos dispersa, es en
el libro IV de la Física donde hallamos por vez primera su tratamiento
sistematizado y organizado en torno a una temática muy concreta: el movimiento,
a su vez, tema central de esta obra.
La segunda razón va más allá del carácter novedoso de
este tratado. A pesar de ser el primero en exponer de forma consecuente la
relación del tiempo con el tema físico por excelencia, en él encontramos
también el germen de los distintos planteamientos que se darán con
posterioridad. El tratado aristotélico puede considerarse como la plataforma de
la que parten las dos grandes líneas de investigación que marcan la historia de
la “Filosofía del tiempo”: por una parte, la de aquellos que conciben su
realidad dependiendo del movimiento, dando lugar a una visión naturalista y
objetivista, propia de las ciencias; y, por otra, la de quienes mantienen que
la realidad del tiempo es esencialmente dependiente del alma, de una
experiencia interior o de la conciencia, motivando una visión subjetivista y
espiritualista que, puede decirse, es la que ha predominado en la reflexión
filosófica.
Teniendo esto en cuenta, es fácil comprobar la
peculiaridad del tratado aristotélico. Lejos de encasillarse en una de estas
líneas, definiendo el tiempo como el “número del movimiento”, Aristóteles logra
fusionar en una estructura orgánica dos de los pilares sobre los que se levanta
su filosofía: el movimiento de los seres y la trascendencia del acto del
espíritu. Desde entonces, la mayoría de los filósofos se han reencontrado con
estos dos términos que el Estagirita pusiera de manifiesto, distinguiéndose
entre ellos según la importancia que concedan a uno u otro en sus respectivos
sistemas. A diferencia de ellos, la relación que nuestro filósofo señala entre
tiempo y movimiento encierra numerosos matices que no pueden pasarse por alto,
gracias a los cuales puede ser considerado tanto el iniciador de la línea
“objetivista” como de la “subjetivista”. Y lo que es más importante, además de
ser su descubridor, Aristóteles va a dejar sentadas las raíces de una
perspectiva en la que estas dos líneas, lejos de ser contrarias, pasan a
complementarse. El tiempo se considera así no sólo un fenómeno relativo a la
realidad física del movimiento, sino también al alma y a sus actividades. Uno y
otra son cosas distintas y sin embargo el descubrimiento explícito y consciente
de la quiddidad del tiempo que tiene lugar en su definición supone a
priori la percepción del movimiento y, por tanto, la existencia de una
conciencia concomitante al acto del alma que lo numera. La realidad del tiempo
se asienta, en consecuencia, en la conjunción del movimiento de las cosas con
un acto del alma: el tiempo es lo que, en el movimiento, es numerado por el
alma y, sin absorber uno de los términos en otro, nuestro filósofo los
considerará por igual tanto en el plano ontológico como en el epistemológico.
Estas características son, en definitiva, las que hacen de su texto un punto de
obligada referencia para todo aquel que quiera iniciar un estudio sobre el
tiempo.
Por otra parte, precisamente de esta característica
brotan las numerosas polémicas a la hora de interpretarlo y encuadrarlo dentro
de una de las dos líneas de investigación señaladas. En la mayoría de los casos
se intenta hacer de Aristóteles el iniciador de la línea
objetivista-naturalista, acentuando la relación entre el movimiento y el
tiempo, presentándolo como un filósofo contrario a la concepción
“espiritualista”. A esto ha contribuido, en gran medida, la crítica vía
neoplatónica de Plotino, así como el silencio de San Agustín[4]. Por otra parte, hay
autores que subrayan la importancia que desempeña el “alma” tanto en la
percepción como en la realidad del tiempo y, finalmente, hay quienes abogan por
una interpretación en la que estas dos líneas quedan integradas y
complementadas. Ésta última será también la que nosotros intentaremos dejar
asentada y fundamentada a lo largo de nuestra exposición.
Desde el comienzo de la Física, Aristóteles afirma
que lo propio de los seres que son por naturaleza es estar en movimiento[5], de manera que ya desde el
principio la movilidad se presenta manifiestamente como una dimensión
fundamental del ser de lo físico[6]. De ahí pasará a ser el
eje central de la Física siendo tratado progresivamente en sus
diferentes libros[7].
Así mismo, es obvia y manifiesta la interrelación entre los conceptos de physis, movimiento y tiempo desde el
momento en que tengamos presente que physis es definida como principio y
causa del movimiento de la cosa a la que pertenece por sí misma y no por
accidente[8]; movimiento como “la
actualidad de lo potencial en tanto que potencial”[9], y tiempo como “número del
movimiento (y del reposo), según el antes y el después”[10].
Ahora bien, el
movimiento es ante todo y primariamente un dato sensible, cuya existencia está
fuera de toda duda; la inducción (epagogé) es la garantía de ello. Habiendo
aceptado esta tesis y, en la misma medida, admitido que sería ridículo
demostrarlo, el movimiento se presenta no sólo como un factum, sino como
el modo de ser fundamental de lo que es por physis.
Esta doble vertiente, epistemológica y ontológica, es la que encierra la
afirmación aristotélica según la cual “las cosas que son por naturaleza, o
todas o algunas, están en movimiento y que esto es claro por inducción”[11]. Difícilmente podría
sugerirse de forma más clara que el movimiento es dimensión esencial y
fundamental del ser de lo físico. Como confirmación de lo expuesto se presenta
la ya célebre definición de naturaleza[12]. Lo que es por physis
cuenta con un principio intrínseco de movilidad perteneciéndole éste
de manera esencial, por contraposición a lo que es por tecné. En otras palabras, el movimiento no es una propiedad
accidental de las cosas; antes bien es lo que define propiamente la esencia del
ser de lo físico. Y si no es su esencia, sí es, al menos, una afección esencial[13].
El movimiento como característica esencial de los seres
físicos es algo cuya realidad no puede ponerse en entredicho. Lo mismo puede
decirse de la physis como conjunto de
los seres físicos, pero ¿ocurre lo mismo con el tiempo? Un primer acercamiento
al texto revela que, de entrada, hay una notable diferencia en su tratamiento:
la cuestión de su existencia se presenta como el primer objetivo que hay que
dilucidar y demostrar. Es más, si antes la experiencia sensible servía de base
para admitir la existencia del objeto en cuestión, ahora aquélla pone de
manifiesto, si bien no su inexistencia, sí al menos el carácter imperfecto de
su existencia.
Así las cosas, la existencia del tiempo tiene reservada
su investigación y métodos propios: la “argumentación exotérica”[14]. Mediante ésta se va a
indagar de forma directa y sin rodeos la existencia del objeto en un sentido
absoluto, es decir, si es o no es y no simplemente en qué sentido es o no es,
de manera que la pregunta por la realidad del tiempo se presenta como una
verdadera pregunta existencial: ¿existe o es sólo una ilusión?
¿Qué carácter presenta entonces esta nueva argumentación?
Es cierto que el tono aporético y dialéctico ha sido empleado antes por
Aristóteles al tratar otros temas (especialmente en la refutación de las tesis
eleáticas sobre la inmovilidad del ser), pero hay una diferencia esencial. El
carácter aporético de los estudios de la Física surge del examen y de la
crítica que Aristóteles hace de las doctrinas anteriores a la suya, de modo que
desde las redes de su terminología convierte las tesis contrincantes en meras
aporías. Aquí radica la diferencia; en relación al tiempo el carácter aporético
no surge del método aplicado, sino que el tema es ya aporético por sí mismo. La
aporeticidad no surge de confrontar unas teorías con otras, sino de la
naturaleza del objeto. Así lo expone Aristóteles: “que no es totalmente,
o que es pero de manera oscura y difícil de captar, lo podemos sospechar de
cuanto sigue. Pues una parte de él ha acontecido y ya no es, otra está por
venir y no es todavía, y de ambas partes se componen tanto el tiempo infinito
con el tiempo periódico. Pero parece imposible que lo que está compuesto de no
ser tenga parte en el ser”[15].
A diferencia pues de los anteriores temas, las tesis
presentadas dan buena cuenta de lo dudoso y oscuro de la existencia del tiempo
en la medida en que éste parece acercarse más al no-ser que al ser. La
proximidad al no-ser se debe a que parece estar compuesto de no-entes (lo que “ya
no es” y lo que “no es todavía”), lo cual hace tanto más difícil someterlo a
los parámetros de una explicación lógica. En suma, si las investigaciones
llevadas a cabo hasta ahora tienen como objetivo averiguar la esencia de algo
-su naturaleza- dando por supuesto que existe, no ocurre así con el tiempo,
cuya existencia incierta de por sí se resiste a someterse a sus propias
condiciones de inteligibilidad: ¿cómo averiguar la esencia de algo de cuya
existencia se duda? El objetivo primero será, pues, dilucidar la existencia del
tiempo, intentar aclararla y explicarla, pero para ello hay que exponer antes
las razones por las que decimos que su modo de ser presenta estos problemas.
Con ello entramos de lleno en las aporías sobre su existencia.
¿Por qué decimos que la existencia del tiempo es oscura y
difícil de captar? En primer lugar porque tanto el tiempo infinito como el
periódico están compuestos de no entes[16]. En efecto, una parte del
tiempo (pasado) “ya no es” pues ya ha acontecido y otra parte (futuro) “no es
todavía” porque está por venir. El tiempo se presenta así como un compuesto, si
bien parece serlo de no-entes. Aquí radica la primera aporía sobre de la
existencia del tiempo. Estar compuesto de partes - esto es, ser divisible – no
parece plantear dificultades de entrada, pero se hace problemático en el
momento en que admitamos que, si el tiempo es divisible, las partes de las que
consta, si no todas al menos algunas, han de existir para que exista lo
divisible; si no existen las partes, no tiene sentido hablar de lo divisible.
Pero esto es precisamente lo que parece suceder con el tiempo: aun divisible,
ni el pasado ni el futuro existen. Esta paradoja basta para mostrar que, si
existe el tiempo, lo hace revestido de caracteres aporéticos.
Ahora bien ¿qué ocurre con el presente? ¿Es? Más en
concreto ¿acaso no forma parte del tiempo? Aristóteles se apresura a negar
esto. Las partes de la que se compone ya han sido, otras están por venir, y, al
contrario de lo que se pueda pensar en un primer momento, ninguna «es». Afirmar que ninguna de las partes «es» supone
decir que ninguna de ellas existe en el presente, es decir, que “el ahora no es
una parte”. ¿Cuáles son las razones en las que se apoya Aristóteles para
aseverar esto? En sus propias palabras, “una parte es la medida del todo, y el
todo tiene que estar compuesto de partes, pero no parece que el tiempo esté
compuesto de ahoras”[17]. Aparece aquí la aporía
de la divisibilidad. Según hemos dicho, estamos ante un compuesto y como tal
divisible en partes, si bien en este caso éstas no existen en el sentido antes
señalado. Hablar de “parte” supone referirse a la medida del “todo”, en tanto
que una parte es lo que mide al todo, lo que lo “numera”. Atribuir esta
cualidad al “ahora” supone admitir que el tiempo es un conjunto de “ahoras”, es
decir, que el ahora es una de sus partes y que lo mide. Pero el problema surge
si preguntamos lo siguiente: ¿cómo es posible que lo que mide no sea, de por
sí, medible? O, en otras palabras, ¿cómo es posible que lo que divide sea
indivisible? Admitir que el ahora es medida supone asumir que tiene duración,
que posee un comienzo y un fin; con esta condición no sería entonces realmente
un “ahora”; si tuviese duración, tendría una parte anterior y otra posterior
cada una de la cuales sería presente; pero entonces sería a la vez presente y
pasado, lo cual es absurdo. Estos son los argumentos que perfilan los pasos por
los que va a transcurrir la llamada “aporía del ahora” que nos conduce a nueva
anomalía: o bien permanece siempre uno e idéntico, en cuyo caso la realidad del
tiempo se explicaría por la perpetuidad o la permanencia del ahora, o bien éste
es siempre diferente de manera que el tiempo no sería otra cosa que la sucesión
de ahoras. Y ni una ni otra son hipótesis satisfactorias. Por el contrario,
parecen conducir a un callejón sin salida, de modo que queda como una cuestión
abierta la existencia del tiempo o, más exactamente, la de sus partes.
Expuestas las aporías y analizadas las partes integrantes
del tiempo, cabe preguntar si queda resuelto el problema de su existencia.
¿Existe o no? En caso de que exista ¿cómo se define su existencia? Es de
esperar que Aristóteles dedique todos sus esfuerzos a resolver tales preguntas.
Sin embargo, no es este el caso y deja aparcada la cuestión sobre su existencia
pasando directamente a examinar lo que concierne a su quiddidad o
naturaleza[18].
Así las cosas, la indagación sobre la existencia del tiempo parece estar a la sombra de la
naturaleza u ousía del objeto investigado, si bien esto no resta mérito
al hecho de que Aristóteles, consciente de la dificultad que supone hablar de
ello, haya sido capaz de presentar de forma sistemática y organizada las
razones - esto es, las aporías - por las cuales decimos que aquélla es algo de
lo que cabe dudar en principio.
Pese a ello estamos tentados a cuestionar si podemos
acusar o no a Aristóteles de abandonar el problema de la existencia del tiempo
para definir su naturaleza. De hecho, hay un sutil deslizamiento de la cuestión
sobre “si es” a la concerniente a “lo que es”, introducida con ocasión de
recoger las opiniones anteriores sobre el tema[19]. Precisamente ha sido
esta supuesta evasión del problema la que ha marcado una de las líneas de
crítica a la concepción aristotélica[20].
En cualquier caso, cabe afirmar que en el discurso sobre
el tiempo se presta especial atención a su existencia porque la experiencia
común la notifica envuelta bajo los ropajes de la contradicción. Justamente
para disipar este carácter paradójico tiene lugar el paso de la cuestión sobre
si es a la del qué es, paso lícito y necesario para dilucidar propiamente la
realidad efectiva del tiempo. Así parece haberlo sugerido Aristóteles cuando se
propone confrontar la cuestión que en un principio deja abierta (la del si es o
existe) con opiniones propuestas por algunos de sus predecesores con respecto a
la cuestión de su naturaleza o ser.
Tres son los modos tradicionales de concebir la
naturaleza del tiempo que se presentan[21]. En ellos se pone de
manifiesto su relación con el universo y el movimiento de éste y, de manera más
abstracta, con el movimiento en general. Aristóteles critica las dos primeras y
se queda con un aspecto de la última que le va a servir de punto de partida
para la reflexión posterior que apunta a que el tiempo es algo del movimiento[22]. Es esta la conclusión
que marca los pasos por los que transcurre la investigación posterior. Con ella
entramos también en una de las secciones más importantes de todo el tratado y,
de seguro, de toda la historia de la “Filosofía del Tiempo”. Veámoslo.
Según hemos señalado, lo expuesto ha conducido a
Aristóteles a la necesidad de examinar la relación tiempo-movimiento. Ya la
experiencia inmediata y también la más comúnmente admitida revela que “el
tiempo es un cierto movimiento y un cierto cambio”[23]. Sin embargo, aunque
nuestro autor acepta en un primer momento la posible identificación entre uno y
otro, no tarda en alejarse de esta posición. Aunque se den a la par, no se
pueden identificar como realidades equivalentes. Las razones son las
siguientes:
1. La primera se
basa en que sólo hay movimiento y cambio allí donde hay una cosa que está en
movimiento o cambiando[24]. Sin embargo, el tiempo
está en todas las cosas y en todas partes por igual[25].
2. En segundo
lugar, el movimiento puede ser más rápido o más lento. Por el contrario, del
tiempo no se puede decir lo mismo. Antes al contrario “rápido” y “lento” se
definen mediante el tiempo, en concreto mediante la cantidad de éste empleada
en un movimiento (hablamos de rapidez cuando algo se mueve mucho en poco
tiempo, y de lentitud en el caso inverso[26]). Además puede hablarse
de un movimiento más rápido y más lento justamente porque el tiempo está en
todas partes por igual. La lentitud y la celeridad se definen gracias a que el
patrón “tiempo” no se altera, está en todas las cosas y en todas ellas de la
misma manera[27].
El tiempo, en definitiva, no es un movimiento. Además
puede afirmarse cierta preeminencia ontológica del primero sobre el segundo,
basada en el carácter omnipresente de aquél y en que ciertas características
del cambio, como su lentitud y su rapidez, se definen mediante el tiempo. En
consecuencia, nos vemos obligados a preguntar: ¿Acaso el tiempo es enteramente
independiente del movimiento? A pesar de que parece pertinente en primera
instancia, Aristóteles no da lugar a que se formule esta cuestión. Si bien
admite que no se pueden identificar ambas cosas, es consciente de que “el
tiempo no es definido mediante el tiempo, tanto si se lo toma cuantitativamente
como cualitativamente”[30]. De hacer así,
caeríamos en un círculo vicioso del que difícilmente podríamos salir. En
concreto, nos conduciría a una serie de aporías, ya expuestas, y a absurdos de
solución comprometida si nos mantenemos sólo en el puro flujo temporal. Tenemos
que buscar entonces un fundamento para poder hablar del tiempo, tanto
cuantitativa como cualitativamente, sin caer en la contradicción; un fundamento
finalmente que permita definirlo y que no sea el tiempo. Como veremos, éste no
puede ser sino el movimiento (lo cual no quiere decir que se excluyan
necesariamente otros fundamentos posibles, v.g. el alma). Veamos cómo se va
perfilando todo lo dicho.
Así las cosas, en el análisis de la estrecha relación que
tiempo y movimiento guardan entre sí va a aparecer un nuevo elemento hasta
ahora no tenido en cuenta, pero que va a desempeñar un papel determinante en el
resto del tratado. Hablamos de la percepción. Comencemos a acercarnos a
ella citando estas palabras: “cuando no cambiamos en nuestro pensamiento o no
advertimos que estamos cambiando, no nos parece que el tiempo haya
transcurrido”[31].
De la mano de esta afirmación entramos de lleno en lo que llamaremos una
“fenomenología del transcurso temporal” donde cobra fuerza la experiencia
psicológica de la duración. En este sentido, puede resultar cuando menos
curioso que el filósofo considerado como el teórico por excelencia del tiempo
objetivo, recurra a la experiencia de la duración (psicológica) para dar
comienzo a su estudio. El ejemplo elegido para ilustrar este punto es el de los
durmientes de Cerdeña que, según la leyenda, confundieron el momento en que se
durmieron y en el que despertaron porque no tuvieron “conciencia” del lapso del
tiempo que mediaba entre uno y otro[32]. ¿Qué relación hay pues
entre el tiempo psíquico y el tiempo objetivo? De momento, sólo dejaremos
apuntada esta cuestión.
Volvamos al ejemplo mencionado; la conclusión que se
desprende es inmediata: sólo podemos hablar del tiempo cuando somos
“conscientes” del mismo, algo que a su vez sólo es posible cuando
experimentamos algún movimiento y lo aprehendemos como tal. En otras palabras,
para poder hablar de una duración o de un lapso temporal determinado es
necesario que constatemos un cambio o bien que “nos sintamos” cambiando; en
ambos casos se trata de una modificación interior porque es en el nivel de la
conciencia o del alma donde tiene lugar el acto de experimentar ese cambio[33]. Señalemos las palabras
de Aristóteles al respecto: “cuando no cambiamos en nuestro pensamiento o no
advertimos que estamos cambiando no nos
parece que el tiempo haya transcurrido”[34].
Tenemos entonces que, cuando no se distingue un
“ahora-inicial” y uno “posterior” porque no tenemos experiencia ni conciencia
de cambio o movimiento, considerando así como un único ahora “ahoras”
distintos, no cabe hablar de tiempo. En un sentido más preciso, no estamos en
disposición de decir que ha transcurrido cierto “lapso” o “período”, ni tampoco
llegaríamos a hablar en rigor de “duración”. Por el contrario, cuando
delimitamos y percibimos el movimiento, sí podemos afirmar con fundamento que
el tiempo ha transcurrido. Sale así a la luz la estrecha relación entre uno y
otro, formulada de la siguiente manera: “Es evidente que no hay tiempo sin
movimiento ni cambio. Luego es evidente que el tiempo no es un movimiento, pero
no hay tiempo sin movimiento”[35].
Con esta afirmación se va acotando la relación que nos
ocupa y con ella la definición misma del tiempo, si bien tenemos que ir
perfilando aún más esta conexión. Cuando afirmamos que no hay tiempo sin
movimiento ni cambio, esta negativa no se refiere a la existencia misma del
primero, sino a la conciencia que tenemos de él, pues según hemos afirmado una
y otra vez, el tiempo está en todas partes por igual. Aristóteles lo confirma:
“percibimos el tiempo junto con el movimiento”[36], de manera que
experimentamos simultáneamente uno y otro[37]. No basta con que se dé
un movimiento; es necesario también que sea percibido y delimitado. Y esto
también supone necesariamente y de forma simultánea tener experiencia de su
duración. En consecuencia, siempre que experimentemos movimiento se tiene una
vivencia del tiempo[38], haciendo la salvedad una
vez más de que esto no implica la identidad entre ellos. Sólo se quiere poner
de manifiesto que percibir el tiempo supone ser consciente de un movimiento y
determinarlo por un acto del alma, acto cuyo sentido será expuesto más
adelante.
En cualquier caso lo determinante sigue siendo la
relación del tiempo con el movimiento, siendo en el momento en que el alma lo
delimite y perciba como tal, cuando afirmamos que el tiempo ha transcurrido. De
lo contrario, como le sucedió a los durmientes de Cerdeña, confundiríamos el
ahora anterior con el posterior sin ser conscientes del lapso intermedio entre
ambos. Puede hablarse entonces en este contexto de tres niveles: 1) la interdependencia
entre tiempo y movimiento; 2) la interdependencia estricta entre la percepción
de uno y de otro, y 3) la relación del movimiento con un tiempo “psicológico”
consciente e inconsciente, que no tiene por qué darse necesariamente[39]. Y obviamente,
dependiendo de la importancia que demos a uno u otro plano, tendremos diversas
interpretaciones de la naturaleza del tiempo.
Concretando lo dicho nos encontramos con la segunda
razón: la percepción y delimitación de la que venimos hablando no se hace en
abstracto. El tiempo no depende exclusivamente de una operación mental. Por el
contrario, ésta se apoya indiscutiblemente en un hecho fáctico: el movimiento.
La fundamentación del tiempo no se da por ello dentro de un mero esquema
interiorista o subjetivista, sino en una percepción ligada objetivamente al
movimiento de manera necesaria: lo primariamente cierto no es la conciencia del
cambio, sino éste mismo, el movimiento de lo movido. Desde esta perspectiva es
difícil mantener que el tiempo tenga su origen en un hecho psíquico. En
definitiva, la afirmación de que la percepción de la duración está ligada a la
experiencia del cambio (externo o interno) no hay que tomarla en sentido
ontológico, sino como una simple
observación psicológica[40].
En suma, la percepción del movimiento es condición
suficiente para la del tiempo, de manera que sólo percibimos éste cuando
hacemos lo propio con aquél. Además siempre que percibimos el primero
percibimos a la vez el segundo y viceversa. Pero se ha visto antes que uno y
otro no se pueden identificar, por lo que sólo parece plausible la posibilidad
de contemplar que el tiempo sea algo del movimiento[41]. Ésta es la conclusión a
la que se quería llegar y a raíz de ella desembocaremos en la propia definición
del tiempo.
Se ha establecido la relación entre tiempo y movimiento
en virtud de un elemento decisivo para el posterior transcurso de la
investigación: la percepción. Percibimos simultáneamente uno y otro, lo que
quiere decir que todo movimiento implica tiempo y viceversa. Esta implicación
recíproca no ha de entenderse en el sentido de que la realidad de uno se tome
como causa del otro. Más bien se tiene que interpretar en la línea de una
“interrelación” en la que el tiempo es siempre percibido en el ser concreto que
cambia y, recíprocamente, todo ser que cambia se da bajo parámetros temporales
hasta el punto que sería contradictorio pensar en un movimiento carente de
tiempo. Así si éste se considera como algo de aquél en virtud de esta relación,
la cuestión es tratar de aclarar y dilucidar “qué es el tiempo con respecto al
movimiento”[42]
para llegar de este modo a la definición exacta del primero.
Contamos ya con el dato sumamente importante de la
percepción y posterior delimitación del movimiento por parte del alma, lo que
implica por necesidad tener conciencia de su duración, esto es, de la sucesión
y de la alteridad de los ahoras que conforman un determinado lapso temporal[43]. En consecuencia, el
tiempo aparece intrínsecamente ligado al movimiento en virtud de dos caracteres
principales: la sucesión y la continuidad. En efecto, cuando delimitamos y
determinamos el movimiento, el tiempo cobra realidad presentándose como una
continuidad sucesiva, esto es, como la sucesión de ahoras distintos entre sí
que además es percibida como tal. En concreto, el texto reza así: “Sin embargo,
conocemos también el tiempo, cuando
determinamos el movimiento al determinar
el antes y el después; y, cuando tenemos la percepción del antes y el después
en el movimiento, decimos entonces que el tiempo ha transcurrido”[44].
Estas líneas concretan manifiestamente lo que ha venido
llamándose la experiencia fundamental del tiempo. Su análisis revela que, tanto
las condiciones ontológicas como las epistemológicas se sitúan en el mismo
nivel de importancia filosófica. Contamos con un hecho sobre el que se asienta
la experiencia del tiempo: la percepción y delimitación de lo anterior y
posterior en el movimiento. El tiempo viene dado por su percepción y
delimitación, condiciones subjetivas en tanto que operaciones del alma, pero
fundadas siempre en el movimiento, condición objetiva de las mismas sin la cual
no se podrían dar. Conocemos así el tiempo cuando delimitamos el movimiento,
distinguiendo lo anterior y lo posterior como tales. Sólo entonces afirmamos
que hay tiempo y que ha transcurrido.
¿Cómo se efectúa esta determinación? Aunque Aristóteles
no distinga explícitamente entre la representación del tiempo (que deriva del
movimiento) y la operación por la que ésta se constituye, podemos decir que la
determinación viene dada por la distinción de los ahoras anterior y posterior,
que supone a la vez percibir el intervalo del que son los extremos. Así expone:
“Lo distinguimos -el antes y el después en el movimiento- al captar que son diferentes entre sí y que hay algo
intermedio entre ellos. Porque cuando inteligimos los extremos como diferentes
del medio, y el alma dice que los extremos son dos, uno antes y otro después,
es entonces cuando decimos hay tiempo”[45]. Éste se diferencia del
movimiento cuando hacemos de lo anterior y de lo posterior (del movimiento
mismo) objeto de una percepción propia, determinada por una función del alma,
en tanto percibe ese antes y después como distintos y hace lo propio con el
intervalo que hay entre ambos en relación a un ahora presente. De ahí que se
pueda leer que “se piensa que el tiempo es lo determinado por el ahora; y
aceptamos eso”[46].
¿Es entonces en la naturaleza del ahora donde se concentra de lleno el problema
del tiempo? De momento, Aristóteles se limita a apuntar este hecho como algo
que se acepta o se piensa comúnmente y, de paso, va acotando la definición
misma del tiempo.
“Se piensa que el tiempo es lo determinado por el ahora”,
esto es, lo determinado y delimitado por el alma como lo anterior y posterior
en el movimiento en relación a un ahora presente. Queda así precisado el
sentido de lo que antes aparecía como una suerte de “intuición”, a saber, que
“así como no habría tiempo si el ahora no fuese diferente, sino uno y el mismo,
así también se piensa que no hay un tiempo intermedio cuando no se advierte que
el ahora es diferente”[47]. Cuando percibimos un
ahora como uno y único, es decir, sin captar un anterior y un posterior con
relación a éste, tampoco hay conciencia de la sucesión. Esto se debe a que no
delimitamos lo anterior y lo posterior como tales en el movimiento. Este era el
caso, recordemos, de los durmientes de Cerdeña. Por el contrario, hay tiempo al
captar que lo anterior y lo posterior del ahora son distintos entre sí y que
hay algo intermedio entre ambos, es decir, cuando el continuo sucesivo del
movimiento queda determinado como tal en relación a un ahora presente. La
cuestión que aflora entonces es: ¿en qué consiste de suyo esta operación de
determinación/delimitación del movimiento en relación aun ahora por parte del alma?
O, para recapitular fórmulas anteriores ¿qué “algo” es exactamente el
tiempo con respecto al movimiento? La respuesta nos la brinda la definición
misma del primero: es “el número del movimiento según el antes y el después”[48].
Lo delimitado es el antes y el después del
movimiento, términos que hay que entender no en sentido temporal -lo cual nos
haría caer en un círculo vicioso-, sino como aquello que designa las distintas
fases de aquél. Esta delimitación que supone la percepción de lo anterior y lo
posterior como distintos se concreta en el nuevo concepto que aparece en la
definición: el número. Con ello se especifica el sentido de la afirmación “el
tiempo es algo del movimiento”, pues ese “algo” no es sino el número. Este
número hay que concebirlo como medida inmanente al movimiento mismo que se
explícita en la numeración al distinguir el alma sus respectivas fases. El
tiempo, pues, no se toma como algo autónomo por sí mismo, sino como una
“variable dependiente del movimiento”[49] en tanto número
del mismo. En este sentido ha de entenderse la percepción y
posterior delimitación del alma a partir de un ahora actual. El tiempo es una
variable dependiente del movimiento en tanto que, como dirá Aristóteles, éste
“tiene número”[50].
Volvamos al texto para encontrar la razón por la que “el
tiempo no es movimiento, sino en tanto que el movimiento tiene número”[51]; ésta radica en “el hecho
de que distinguimos lo mayor y lo menor por el número, y el movimiento mayor o
menor por el tiempo”[52]. Recordemos que esto ya
había aparecido a propósito de las causas por las que no se podía identificar
movimiento y tiempo[53]. Éste aparecía como
patrón de velocidad y medida de aquél y, tanto aquí como allí, aunque
Aristóteles no lo diga explícitamente, es el movimiento uniforme (el de la
primera esfera), el que permite numerar la cantidad del movimiento, su
velocidad y duración.
Por otra parte, encontramos una nueva acotación para
concebir el tiempo como número del movimiento. Hay dos maneras de entender el número,
ya que éste es “no sólo lo numerado y lo numerable, sino también aquello
mediante lo cual numeramos”[54]. ¿En cuál de estos
sentidos hay que entender el tiempo? Aristóteles se limita a señalar que éste
es lo numerado y no aquello mediante lo cual numeramos. El tiempo hay que
entenderlo en sentido específico como lo numerado (o susceptible de serlo) del
movimiento. Ahora bien, ¿qué o quién numera?.
Según hemos expuesto, la naturaleza del tiempo es
inseparable del movimiento, siendo aquél su número según lo anterior y lo
posterior y dándose además “juntos tanto en potencia como en acto”[55]. Sin perder de vista esta
relación ni sus implicaciones, la cuestión ahora es la siguiente: ¿basta la
existencia del movimiento para que exista el tiempo? O, más en concreto, si el
tiempo es número del movimiento ¿puede hablarse de “número” sin un “algo” que
numere?
El texto objeto de nuestro análisis en este apartado
prueba que Aristóteles no sólo es plenamente consciente de esta dificultad,
sino que también la considera “muy digna de estudio”. Así, “¿existiría o no el
tiempo si no existiese el alma? Porque si no pudiese haber alguien que numere
tampoco podría haber algo numerado, y en consecuencia no podría existir el
número, pues un número es o lo numerado o lo numerable. Pero si nada que no sea
el alma, o la inteligencia del alma, puede numerar por naturaleza, resulta
imposible la existencia del tiempo sin la existencia del alma, a menos que sea
aquello que existe cuando el tiempo existe, como sería el caso si existiera el
movimiento sin que exista el alma; habría entonces un antes y un después en el
movimiento, y el tiempo sería éstos en tanto que numerables”[56].
Antes de entrar de lleno en el problema de si existe o no el tiempo sin el
alma, debemos señalar que tanto el interés como la importancia del mismo vienen
siendo resaltados ya desde los comentaristas antiguos y quedan especialmente
reflejados en las interpretaciones más recientes debido al giro “subjetivista”
tomado por gran parte de la filosofía moderna y contemporánea. Todo ello, junto
con la proclama de Aristóteles, nos pone sobre la pista de la enorme
significación de este pasaje para la comprensión definitiva de la naturaleza
del tiempo. Por razones de claridad, debemos dividir el texto en cuatro partes:
2) Planteamiento de esta relación bajo la forma
de una posible aporía: “si nada que no sea el alma, o la inteligencia del alma,
puede numerar por naturaleza, resulta imposible la existencia del tiempo sin la
existencia del alma…”
3) “… a menos que
sea aquello que cuando existe el tiempo existe”. Se introduce una objeción,
restricción o limitación (a menos que) cuyo ejemplo resulta ser la solución a
la aporía presentada.
4) Así, “como sería
el caso si existiera el movimiento sin que exista el alma; habría entonces una
antes y un después en el movimiento, y el tiempo sería éstos en tanto que
numerables”.
La confirmación definitiva de esta tesis la encontramos
en el análisis de la operación cuyo resultado es el tiempo como número
numerado. La numeración de las distintas fases del movimiento depende de un
acto del alma pero, sobre todo, de la “percepción” de aquéllas como distintas
entre sí, sin la cual no sería posible la primera. Es precisamente esta
advertencia la que anteriormente hacía Aristóteles con sumo cuidado: “cuando
percibimos el ahora como una unidad, y no como anterior y posterior en el
movimiento, o como el mismo con respecto a lo anterior y posterior, entonces no
parece que haya transcurrido algún tiempo, ya que no ha habido ningún
movimiento”[57].
De forma esquemática, tendríamos lo siguiente:
1. Se da una serie
de distintas posiciones de un móvil (=el movimiento).
2. Percepción por
parte del alma de estas posiciones (el hecho de su pluralidad supone ya su
diversidad).
3. Delimitación y
distinción de las posiciones como tales, es decir, su numeración efectiva y
real por parte del alma.
4. Tiempo (=número
numerado del movimiento) como resultado de esta operación.
Podemos concluir entonces que la percepción del cambio y
la distinción de un antes y un después en el movimiento, sendas operaciones del
alma, son la antesala del “número numerado”, resultado de ellas; sólo entonces
hablamos de “duración” porque precisamente tenemos conocimiento de ésta.
Añadiríamos así un quinto punto al esquema presentado: “conciencia” y
conocimiento del transcurso temporal. En síntesis, sólo como “número numerado”
tenemos plena conciencia del paso del tiempo, siendo una y otra resultados
correlativos de un acto de numeración realizado por el alma. Por tanto, sólo en
este sentido podemos decir que el tiempo (y la conciencia que de él tenemos)
depende de un acto del alma siendo ésta además la que puede numerar por
naturaleza.
Ahora bien, hablamos de número como número numerado y
también como numerable: el número es o lo numerado o lo numerable. De aquí que
sea pertinente preguntar: ¿es también lo numerable dependiente del alma? La
respuesta es negativa. Es más, lo correcto sería invertir los términos de esta
pregunta de manera que pueda afirmarse que más bien es el alma (en tanto que
numera) lo que estrictamente depende de lo numerable. Así lo da a entender el
siguiente texto: “si nada que no sea el alma, o la inteligencia del alma, puede
numerar por naturaleza, resulta imposible la existencia del tiempo, a menos que sea aquello que existe cuando el tiempo
existe, como sería el caso si existiera el movimiento, sin que exista el alma;
habría entonces un antes y un después en el movimiento, y el tiempo sería éstos
en tanto que numerables”. Como puede comprobarse, Aristóteles reitera la tesis
de que si no hay alma o algo que numere, entonces no existe el tiempo. Sin
embargo, la restricción que a continuación se introduce “a menos que
sea aquello que existe cuando el tiempo existe”, esto es, lo anterior y
posterior en el movimiento en tanto que numerables, da a entender que se
contempla la posibilidad de la existencia independiente del tiempo respecto del
alma pero en un sentido distinto al de lo numerado: como numerable. Si esto es
así, podemos concluir con palabras de Conill Sancho que “es suficiente que el
movimiento sea numerable, para ser tiempo; pues lo anterior y posterior se
llama tiempo en cuanto es numerable. Esto significa que no es necesario que
para que exista el tiempo el movimiento sea numerado efectivamente por el alma.
Basta que sea posible. Con ello, Aristóteles, sin descalificar que el
movimiento numerado real y efectivamente sea tiempo, constata y defiende que ya
el movimiento en potencia, el numerable, es tiempo”[59].
La numerabilidad del movimiento (en contraposición a lo
numerado efectivamente) es ya tiempo con independencia del alma y además es la
condición necesaria para que pueda hablarse del tiempo como número numerado. De
ahí que antes señalásemos que es más bien el alma lo que depende de lo
numerable y no viceversa. Es decir, el alma puede numerar porque el movimiento
es numerable. Como resultado de esta actividad tenemos el número numerado que
aparece así como la actualización efectiva y real de la potencialidad del
movimiento en tanto que numerable. Pero considerado como tal, no efectivamente
numerado por un sujeto cognoscente, no tenemos conocimiento del tiempo y por
ende tampoco conciencia de su paso. Sin embargo existe, siendo condición
suficiente de su existencia su numerabilidad.
En síntesis, ¿depende la existencia del tiempo del alma?
Sí y no. No existe como número numerado efectivo y real del movimiento, pero sí
tiene existencia independiente como número numerable de éste. La razón radica
en que el tiempo no es sólo el número efectivo y actual del movimiento, sino
que también la numerabilidad de éste es ya tiempo. La prueba concluyente de
esta tesis la encontramos en el hecho de que el tiempo transcurre efectiva y
soberanamente, tengamos o no conocimiento de su paso.
Así las cosas, el análisis e interpretación de la
relación entre tiempo y alma ha revelado un nuevo dato, decisivo para la
comprensión definitiva de la naturaleza temporal: la numerabilidad del
movimiento es ya tiempo, además de ser condición suficiente para la existencia
de éste. ¿Constituye también esto una nueva doctrina respecto a lo expuesto en
los apartados anteriores? Más que una novedad en el planteamiento, la equiparación
de la numerabilidad del movimiento con el tiempo es una precisión aclaratoria
del mismo. Estamos pues en situación de afirmar que el tiempo no es algo
totalmente objetivo, ni totalmente subjetivo. No se puede identificar sin más
con el movimiento, pero tampoco depende del alma como una mera construcción
mental. Más bien representa una potencialidad del movimiento como aquello que
puede ser numerado de forma efectiva y real por el alma. Esta potencialidad es
también tiempo porque su existencia es independiente de que tengamos o no
conciencia de su paso. De este modo, Aristóteles deja perfectamente fusionados
los dos polos sobre los que asienta la realidad del tiempo: el movimiento y el
alma. Lejos de resultar antitéticos o contradictorios, se complementan en el
orden del conocimiento temporal. El tiempo del que hablamos con plena
conciencia es así la síntesis perfecta de lo “subjetivo” y de lo “objetivo”, de
una operación mental sobre una realidad concreta: el movimiento.
En primer lugar hay que señalar que Aristóteles no
plantea esta cuestión como tal y por eso es también harto difícil responder a
ella. “Objetivo” y “subjetivo” son términos que trasladamos a su análisis para
interpretarlo. Es cierto que nuestro filósofo plantea breve pero explícitamente
la relación entre tiempo y alma en el capítulo 14. Pero también lo es que desde
el principio el intento por escudriñar la quiddidad
del tiempo viene arrastrando el peso de lo “subjetivo”. Baste el siguiente
texto, preliminar a la definición del tiempo, como botón de muestra: “conocemos
también al tiempo cuando, al determinar el antes y el después, determinamos el
movimiento; y, cuando tenemos la percepción del antes y el después en el
movimiento, decimos entonces que el tiempo ha transcurrido. Y lo distinguimos
al captar que son diferentes entre sí, y que hay algo intermedio diferente de
ellos. Porque cuando inteligimos los extremos como diferentes del medio, y el
alma dice que los ahoras son dos, uno antes y otro después, es entonces cuando
decimos que hay tiempo”[60]. Es fácil comprobar que
todas estas operaciones que dan paso a la definición del tiempo son relativas
al alma.. “Percibir” o “captar”, operaciones propias del alma sensitiva[61], y “distinguir” e
“inteligir”, operaciones propias del nous[62],
son los pasos necesarios que hay que dar para aprehender la esencia del tiempo.
Esto y no otra cosa es lo que se halla detrás de la palabra “número” con la que
se abre su definición, es decir, que lo que es válido en el orden de la percepción
y de su intelección, también parece serlo en el orden de su realidad. ¿De qué
depende pues el tiempo? ¿Del movimiento o del alma? Apostemos por la clave
dialéctica para la respuesta final.
[1] “Si nemo ex me quaerat, scio; si quarenti explicare velim, nescio”Conf.
XI,
14, 17.
[2] Desde los orígenes de la
filosofía en los presocráticos el tiempo ha estado presente de una u otra
manera. Así, Anaximandro decía que “todas la cosas tienen su génesis en lo
Indeterminado y todas van a terminar en él «según el orden del tiempo»” (DK
12 B 1).
[3] Ver entre otros, Dieks, D: “Physics and the dirrection of causation”, Erkenntnis
25 (1986) 85-110; McTaggart, J: “The unreality of Time”, Mind 18 (1908),
457-484; The Nature of existence, vol.II, Cambridge University Press,
1927, especialmente el cap. 33; Mellor, D. H: Real Time, Cambridge
University Press, 1981; Denbigh, K. G: “The Many Faces of Irreversibility”,
British Journal of Philosophy of Science 40 (1989), 501-518;
Prigogine,I/Stenger,I: Entre el tiempo y la eternidad,
[4] No se tiene constancia
de que San Agustín conociera la obra aristotélica. Aún así, precisamente en el
capítulo dedicado al tiempo, encontramos en las Confesiones ciertas
opiniones donde resuenan ecos aristotélicos, así: “oí de cierto hombre docto
que el movimiento del sol, la luna y las estrellas es el tiempo, pero no
asentí” (Conf. XI, 23, 39). Parece ser que Agustín toma esta opinión de
Plotino quien, a su vez, la toma de Platón para también rechazarla (cf. Ennéadas
III 7, 11).
[5] Aristóteles: Física
III 200b 34-35. Biblioteca clásica de Gredos. Madrid. 1998.
[6] Hay que advertir aquí la
triple división que hace Aristóteles acerca de la sustancia: la sensible que, a
su vez, se divide en eterna y corruptible y una tercera que es inmóvil (cf. Met.
XII 1069a 30-35). Las dos primeras pertenecen al dominio de la Física en tanto
que implican movimiento, es decir, también lo propio de la sustancia sensible
eterna es estar en movimiento, si bien únicamente son movibles por traslación.
Su materia no es generable, sino trasladable (cf. Met. XII 1069b 25-27).
[7]Esbozando un breve
esquema, el libro I trata de los principios de la physis, mientras que en el
libro II se la investiga como principio. De ahí que podamos afirmar que la
diferencia fundamental entre el libro I y los restantes radica en que el
primero proporciona un estudio sobre la naturaleza de los principios en
el ámbito de los seres físicos, mientras que los demás ofrecen una
investigación de la physis como
principio del movimiento que pertenece a la cosa primariamente y por
sí misma, y no por accidente. Se desemboca de este modo en la definición de la
naturaleza como “principio y causa del movimiento (y del reposo)”[7].
Esto lleva a investigar en el libro III el movimiento, pues recordemos que
ignorar qué es supone desconocer también lo que es la physis. Así
encontramos en el libro tercero la definición del movimiento, inaugurándose un
nuevo estudio -proseguido en el cuarto- de lo que podríamos llamar los
requisitos del movimiento: el infinito, el lugar, el vacío y, nuestro tema: el
tiempo. Por su parte, el libro V estudia las diferentes clases del movimiento.
El sexto viene a demostrar cierto número de proposiciones que servirán para
demostrar, en los libros VII y VIII, la existencia de un Primer Motor inmóvil,
cuya inmovilidad es pensada como condición de posibilidad del movimiento mismo
(Seguimos en esta síntesis a Aubenque, P: El problema del ser en Aristóteles,
Trad. Esp. de Vidal Peña. Taurus, Madrid.1981, págs. 402-403.)
[8] Fís. II 192b 21.
[9] Fís. III 201b 5.
[10] Fís. IV 219b 1.
[11] Fís. I 185a 12.
[12] Fís. II 192b 21.
[13] Cf. Aubenque, P: El
problema del ser en Aristóteles, o. c., págs. 403-404.
[14] “Conviene, primero,
plantear correctamente las dificultades sobre el mismo, a fin de determinar
mediante una argumentación exotérica, si hay que incluirlo entre lo que es o
entre lo que no es, y estudiar después su naturaleza” (Fís. IV 217b 30).
[15] Fís. IV 217b
32/218a 1-3.
[16] “Que no es totalmente, o
que es pero de manera oscura y difícil de captar, lo podemos sospechar de
cuanto sigue. Pues una parte de él ha acontecido y ya no es, otra está por
venir y no es todavía, y de ambas partes se componen tanto el tiempo infinito
con el tiempo periódico Pero parece imposible que lo que está compuesto de no
ser tenga parte en el ser”. Fís. IV 217b 33/218a 1-2.. El tiempo á-peiros,
in-finito, se refiere al que carece de límites. El segundo, etimológicamente,
apunta al tiempo tomado y aprehendido por el sujeto pero de forma sucesiva,
esto es, en cada período. De ahí que hablemos de un tiempo periódico por
contraposición al innumerable e ilimitado: el tiempo a-peiros. Nos
encontramos así con un significado que podemos llamar “cósmico”, el a-peiros
y, por otra parte, un sentido más “subjetivo” en tanto que entra en escena la
acción de un sujeto (voz media). Hay un punto compartido por ambos: parecen
estar compuestos de no-entes.
[17] Fís. IV 218a 5-10.
[18] Fís. IV 218a 31.
[19] “Tales son las
dificultades que se plantean sobre el tiempo. En cuanto a qué es el tiempo y
cuál es su naturaleza, lo que se nos ha transmitido arroja muy poca luz
sobre las dificultades que antes hemos deslindado”. Fís. IV 218a 31-34.
(La cursiva es nuestra).
[20] Cabe destacar al
respecto el análisis de Joseph Moureau, cf. “Le temps selon Aristote” en Revue
Philosophique de Louvain, 46 (1948), pp. 57-94, 254-274.
[21] Fís. IV 218b 1-5.
Aunque Aristóteles no habla de la procedencia de las opiniones, seguramente
la primera se refiere a Platón, quien en el Timeo concibió el tiempo
como la imagen móvil del Aión (37d) y lo identificó con el movimiento
del cielo (38b). En cuanto imagen, el tiempo se asemeja a la permanencia
del Aión mediante el orden cíclico del mundo y se renueva
periódicamente. De aquí probablemente la tomó Plotino y, a su vez, San Agustín
para criticarla (al respecto, ver nota nº 5) Por otra parte, la segunda
consideración parece referirse a una doctrina pitagórica (cf. DK 58 B 33).
[22] Fís. IV 218b
9-10.
[23] Fís. IV 218b
9-10.
[24] Fís. IV 218b
11-13.
[25] Fís. IV 218b
13-14.
[26] Fís. IV 218b
14-18.
[27] Podemos advertir que,
considerando el tiempo como patrón de velocidad de los diversos movimientos,
Aristóteles se refiere tácitamente a un movimiento uniforme, que acabará
identificando con el movimiento del primer cielo.
[28] Fís. IV 218b 18.
[29] Fís. IV 218b
19-10.
[30] Fís. IV 218b
16-17.
[31] Fís. IV 218b
20-22.
[32] Fís. IV 218b
21-27.
[33] Fís. IV 218b
28-29: “Y puesto que cuando no distinguimos ningún cambio, y el alma permanece
en un único momento indiferenciado, no pensamos que haya transcurrido el
tiempo”.
[34] Fís. IV 218b
21-22.
[35] Fís. IV 218b 32/
219a 1.
[36] Fís. IV 219a
3-4.
[37] Fís. IV 219a
7-8:” cuando nos parece que algún tiempo ha transcurrido, nos parece también
que ha habido simultáneamente algún movimiento”.
[38] Fís. IV 218b 32:
“es evidente que no hay tiempo sin movimiento ni cambio”.
[39] Cf. Conill Sancho, J:
El tiempo en la Filosofía de Aristóteles. Valencia. 1981, pág 123.
[40] Cf. Dubois: Le temps et l´instant selon Aristote. París, Desclée de Brouwer, 1967 p.162;
cf. Moureau, “Le temps selon Aristote”, art. cit., p. 65.
[41] Fís. IV 219a
9-10: “Pero puesto que no es un movimiento, tendrá que ser algo perteneciente a
un movimiento”.
[42] Fís. IV 219a 3.
[43] Por el contrario,
recordemos que “así como no habría tiempo si el ahora no fuese diferente, sino
uno y el mismo, así también se piensa que no hay un tiempo intermedio cuando no
se advierte que el ahora es diferente”. Fís. IV 218b 27-28.
[44] Fís. IV 219a
22-25.
[45] Fís. IV 219a
26-28.
[46] Fís. IV 219a 29:
“se piensa que el tiempo es lo determinado por el ahora; y aceptamos eso”.
[47] Fís. IV 218b
27-28.
[48] Fís. IV 219b 1-2.
[49] Cf. Barreau, Hervé:
“Espace et temps chez Aristote”, en Revue de Métaphysique et de Morale 4, oct-dec., 1975, p. 431. Aquí reside también
para este autor una de las contribuciones decisivas de Aristóteles a la
filosofía del tiempo: concebir éste como un abstracto del movimiento, no como
un a priori planteado sobre él y que aparece así presentado como una
condición de la existencia para el propio movimiento. Aristóteles se
distinguiría así tanto de los Pitagóricos y de Platón, como de Kant y de Hegel
e igualmente de los físicos de nuestra época clásica, Galileo y Newton, para
quienes el tiempo es una variable independiente del movimiento.
[50] Fís. IV 219b 1-2.
[51] Fís. IV 219b 2-3.
[52] Fís. IV 219b 3-5.
[53] Al respecto, Fís. IV
218b 14-17.
[54] Fís. IV 219b 6-8.
[55] Fís. IV 223a
20-21.
[56] Fis. IV 223a
21-29.
[57] Fís. IV 218b
31-33.
[58] Fís. IV 218b
28-30.
[59] Conill Sancho, J: El
tiempo en la Filosofía de Aristóteles, o. c., p. 279.
[60] Fís. IV 219a
22-28.
[61] La percepción sensible,
el deseo y el movimiento local son los tres poderes que ejerce, según
Aristóteles, el alma sensitiva (cf. De An., III, 3)
[62] De Anima III, 4, 429a 20-25.
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel
1696-0734
Depósito legal
ZA-53-2003