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DUERERÍAS

                        Analecta philosophiae


Una mujer a la intemperie

 
Carmen Reguilón Lozano




El frío no había conseguido sacarla de su ensimismamiento y observaba cómo el agua se arremolinaba a sus pies. Solo faltaban unos minutos para que el sol se ocultase cuando de pronto una voz dirigió el rumbo de sus pensamientos hacia unos patos que se escondían en las espadañas...

H.- ¿Qué has hecho esta vez, mujer? La gente anda alborotada, asustada.

M.-Nada de lo que tenga que avergonzarme. Es simplemente mi forma de ser, mejor aún, ellos han construido mi forma de ser, y por eso soy así. ¡Hasta en eso han ganado! Te das cuenta me han ganado y yo en cierta manera me he perdido. Sí, me he perdido en la niebla de mis miedos, de mis temores…

H.-Cualquier día de estos… Me temo lo peor. Vas a acabar con su paciencia y entonces… ¿Cuándo aprenderás a estar callada? Nos estás poniendo en  un aprieto. Hay cosas que es mejor dormir…

M.- Dormir. Sabes que hace tiempo que no duermo, que me paso la noche en vela, alerta ante cualquier ruido. Sin embargo, él no llega… No dejo de pensar, una y otra vez, en la noche que llegó herido porque lo creyeron muerto. Pienso en cada uno de esos hombres que mi hijo vio de frente y no puedo evitarlo.

H.- Pero ¿qué les dijiste esta vez? Me das miedo… No sé cuanto tiempo aguantarán tus afrentas.

 
Ya es noche cerrada y el frío sigue sin hacer mella en sus pensamientos. Los patos ya no se ven, solo las estrellas parecen penetrar en su niebla, tan lejanas y tan cercanas al mismo tiempo. Se asemeja a una estrella en el firmamento por el aislamiento entre las demás, por el frío que las rodea y por  el vacío que lo llena todo…

M.- Sabes también como yo que son unos asesinos. Yo simplemente se lo digo a la cara. Pasaba por la plaza e iba subido en su caballo y yo venía de la fuente con el cántaro lleno de agua. Y no pude contenerme... Créeme que lo intenté pero no pude... No pude callar y le grité: ¡Asesinos!... Hasta el caballo se asustó de mi voz, hasta yo me asusté al oír mi voz. ¿Dónde está mi hijo? -volví a gritar-. En ese momento pareció que el tiempo se detenía, todos los que estaban allí se quedaron de piedra, ni los pájaros de la plaza se oían cantar, ni las delicadas mariposas batían sus alas... Todos lo saben y todos callan. Hoy no pude callar... La cabeza me va  estallar.

H.- Ahora ya tienen una excusa. Le has puesto  tu cabeza en bandeja de plata.

M.- Lo sé.

H.- Dicen que alteras la urbanidad de las gentes de bien. Dicen que estás loca, dicen que eres un peligro. Te das cuenta de lo que pretenden...

M.- ¡Yo soy un peligro! ¡Una mujer de sesenta años es  un peligro! ¡No me digas que me tienen miedo! A mí, tenerme miedo... ¡A buenas horas!

H.- Algo están preparando.

 
Está amaneciendo y el frío es más intenso. El llanto ha ocupado toda la noche. Aparece todo cubierto de un manto blanco, la escarcha ha helado todo el campo. Su pensamiento sigue intacto. Las estrellas van desapareciendo a medida que la luz inunda el día. Ellas siguen ahí pero la luz cegadora nos impide seguir viéndolas y ella camina en esa luz.

H.- Date prisa, mujer. Sabes que debemos irnos. Aquí esta gente no nos quiere. Vayámonos de una vez. Será mejor así. Será  lo mejor para todos.

M.- Será lo mejor, dices bien. Pero ¿será lo mejor para todos? Para ellos sí. La Loca se va. Los dejaré en paz, ni una palabra más. Podrán desterrarme, podrán enviarme al último lugar de la Tierra, pero su memoria me pertenece. He sido la única que les he reclamado a plena luz del día y delante de testigos sus asesinatos.

H.- Una afrenta así es imperdonable para su orgullo. ¡También era mi hijo!

M.- Que el destierro es solo para mí quedó tan claro como el agua. Yo soy la de las palabras, yo soy el peligro, yo soy la que no aprendió el silencio, yo soy la que enfrentó su mirada… Yo soy la que les pedí cuentas, yo soy  la apestada, yo soy la desterrada.

H.-  Ya no nos queda nada. Aquí les dejaremos el dolor y el sufrimiento y nos llevaremos los gratos recuerdos con los que empezaremos una nueva vida. Recuerdos, que a pesar de todo, hemos ido coleccionando en este efímero espacio de tiempo. Han querido arrancar nuestras raíces, sin embargo allí donde vamos las fortaleceremos.

M.- Nos han matado dos veces. ¿Qué peligro representan dos ancianos? Rehacer la vida a nuestros años. Nos alejan de nuestros parientes, de nuestro hogar. Nos quitan el aire. Tú puedes volver a visitarlos. Recorrer las calles por las que tu hijo jugó y fue feliz, sin la sombra del futuro. Yo, en cambio, no podré volver nunca.

 
El sol de mediodía lo inunda todo, algo inusual para la época del año y, al mismo tiempo, algo  incomprensible ocurre: no hay sombras y todo parece inundado de una gran calma. El cielo azul claro casi blanco. Dos viajeros inician su camino y con acompasado ritmo van desapareciendo y apareciendo lentamente en las curvas de la memoria.

 

2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774


ISSN en papel 1696-0734
Depósito legal ZA-53-2003

Edita: Asociación Cultural "Duererías".
E-mail: duererias@hotmail.com





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