Entrevista al Profesor
Luciano Espinosa
Luciano Espinosa Rubio
es Profesor Titular de Filosofía en la Universidad de Salamanca. Su docencia,
así como sus líneas de investigación y publicaciones se centran principalmente
en el pensamiento de Spinoza, la Filosofía de la Naturaleza y el estudio de
Historia de las Religiones.
Entre sus numerosos artículos, monografías y participación en obras
colectivas, destacamos los siguientes títulos:
• Spinoza: naturaleza y ecosistema; ed. Univ. Pontificia de Salamanca, 1995
• Spinoza y el gobierno cotidiano de los afectos; en
“El gobierno de los afectos en Baruj Spinoza”, obra colectiva, 2007
• Spinoza y el cristianismo; en “Cuadernos salmantinos de filosofía”, Nº 28, 2001
• Pensar la naturaleza hoy; en “Pensamiento: Revista
de investigación e Información filosófica”, Vol. 57, Nº 219, 2001
• Filosofía de la naturaleza y ecología social; en
“La dignidad de la naturaleza : ensayos sobre ética y filosofía del
medio ambiente”, obra colectiva, 2000
• Naturaleza: modelos, metáforas y consecuencias
prácticas; en “Tomarse en serio la naturaleza: ética ambiental en
perspectiva multidisciplinar”, obra colectiva, 2004,
• La vida global (En la Eco-bio-tecno-noos-fera); en “Logos: Anales del Seminario de Metafísica”, Nº 40, 2007
• Razón, naturaleza y técnica en Ortega y la Escuela
de Frankfurt; en “Isegoría: Revista de filosofía moral y política”, Nº
21, 1999
• Pensamiento y fragmento: A propósito de
Lichtenberg, Nietzsche y Adorno; en “Isegoría: Revista de filosofía
moral y política”, Nº 16, 1997
DUERERÍAS: La filosofía
apuntó originariamente su objetivo hacia la Naturaleza (Physis) y, así,
buscó afanosa y « lógicamente » (en el sentido de caminar con el logos
o de hacer de éste su camino) el principio (arché) de tal naturaleza.
Esa fue la tarea en la que se embarcaron los primeros físicos y, a la postre,
los primeros filósofos: los llamados presocráticos. Después, la filosofía se
hizo política, se enredó en los problemas de la polis. O quizá fuera
política desde siempre, en tanto que nació en la ciudad y asumió como objetivo
autoconstitutivo el de « pensar la ciudad » como estadio de
ordenamiento racional de la vida humana. En relación con esto, dos cuestiones:
¿Con este giro antropológico-político, la filosofía ganó o perdió? Y ¿Qué
filosofía de la naturaleza queda hacer en la actualidad teniendo en cuenta el
progreso de la ciencia en este terreno?
LUCIANO ESPINOSA: El
concepto griego de naturaleza ya es político, en el sentido de que está imbuido
por los principios generales de organización de la vida en la polis, por la
búsqueda de orden y sentido, etc. (Castoriadis es una buena referencia al
respecto). Hay por tanto una corriente de legitimación
que transita desde lo político a lo cosmológico y viceversa, como ha
ocurrido casi siempre a lo largo de la historia, a menudo también con el
respaldo de la religión. Es el trasfondo del que sugen toda moral y derecho
naturales, claro está. Por el contrario, el giro antropológico tiene un sesgo
secularizador y relativizador, como es patente en los denostados sofistas,
quienes finalmente lo que reivindican es la autonomía del ser humano. Respecto
a la segunda cuestión, es obvio que en nuestro mundo se impone el diálogo con
la ciencia y la atención a sus decisivas aportaciones, pero eso no significa
cederle todo el terreno y olvidar una reflexión que integre las dimensiones
diversas de los procesos naturales : la gran crisis ecológica de hoy es el
mejor ejemplo de esa necesidad urgente de pensar a la vez lo natural, lo
social, lo tecnológico, lo ético y lo político. La filosofía debe aspirar a
ofrecer una mirada de conjunto (sinóptica, según Platón), que no debe
confundirse con decir generalidades.
L.E.: Supongo que hay
que hablar de distintas formas de racionalidad, según se distingan campos de lo
real, marcos conceptuales, procedimientos, etc., como nos ha enseñado el
pensamiento contemporáneo. Sin embargo, esa pluralidad necesaria y el
conocimiento de los límites que implica, e incluso el desengaño y el
escepticismo que la historia acarrea, no deben anular el ideal de una razón
(auto)crítica. Me refiero al proyecto ilustrado de emancipación racional de la
vida, aunque, eso sí, con las pertinentes correcciones a su rigidez utilitaria
y calculadora, al dogma del progreso, a la cerrazón ante otras instancias como
los afectos, etc. A pesar de la
fragmentariedad postmoderna y de
la desazón que nos invade (no confundir con la nostalgia por los viejos relatos
totalizadores), no estaría mal conservar una cierta idea regulativa de racionalidad como búsqueda de parámetros comunes,
basada en la contrastación empírica y en el debate intersubjetivo, según los
casos, y siempre en términos revisables. La actitud
racional es en todo caso (aun teniendo en cuenta el peso de lo inconsciente
en la vida personal) la que no se conforma con lo dado en ningún ámbito, la que
revisa y busca, la que criba la experiencia y formula nuevas hipótesis para
entender las cosas y proyectar la acción. Pero también es la que se sabe
falible y lo acepta de buen grado, o –como dijo Adorno- es la actitud que no
busca a toda costa tener razón…
L.E.: No puedo evitar la
tentación salomónica y decir que hay algo de todo ello. Claro que esto no
aclara nada, pues el debate es tan viejo como la tradición occidental y el quid
del asunto es dilucidar esa paradójica mezcla. Quizá sea Hegel quien lleva más
lejos el intento por resolverlo al identificar ambos planos en el Espíritu
(pero no podemos conformarnos con esa elaboradísima petición de principio) y
Clément Rosset quien ha compilado más objeciones (en torno a una noción de azar
discutible). Supongo que habría que pormenorizar los grados en cada terreno, en
vez de generalizar sobre realismo e idealismo. Es imposible exponer en pocas
palabras una opinión al respecto mínimamente articulada, sólo diré que ninguno
de los dos extremos por sí solo es satisfactorio y que la pareja sujeto-objeto
es interactiva también en la ciencia (como bien enseña la mecánica cuántica,
por ejemplo), sin que uno pueda reducirse al otro. Lo asombroso es que la
realidad parece pensable, que hay alguna inteligibilidad en función de las
regularidades, pautas y leyes físicas, biológicas, etc., a la par que surge eso
que denominamos azar, incertidumbre, lo
desconocido… ; y a su vez todo ello condicionado por los paradigmas, es
decir, por la historicidad contextual del conocimiento. Luego lo mínimo que
puede decirse es que hay unos límites harto móviles y difusos como para
plantear aquella dicotomía sin más.
D: Permítanos plantearle
este dilema en el que, de alguna manera, queda obligado a escoger:
¿« razón analítica » o « razón dialéctica »?
D: ¿De qué tiene más la
razón: de constructora, en el sentido de que su tarea es comprender
arquitectónicamente, como decía Kant, o de iluminadora, en tanto que es
resueltamente creadora, también de sistemas, aunque no sólo de eso?
L.E.: De nuevo he de
decir -a tenor de preguntas anteriores- que tiene algo de ambas cosas, sin
priorizar claramente a una sobre la otra, y el propio Kant dijo bastante sobre
los límites del conocer; o quizá es que « construir » y
« crear » están muy cerca. De hecho, el sistema es una arquitectura
conceptual y posiblemente lo intuitivo (aquí en un sentido amplio, no sólo
kantiano) es inseparable de lo lógico. La razón, en definitiva, es algo
híbrido, que responde a una historia evolutiva y a unos márgenes psicosomáticos
(como ya indicó Konrad Lorenz), además de un término polisémico donde los haya.
Y bajo ese paraguas caben diversas funciones, pero nunca se puede olvidar la
obligación elemental de argumentar y debatir.
D: De Camus ha escrito
usted: « Camus negó ser humanista en el sentido habitual, que califica
como formal o burgués, sin embargo puede aceptarse como punto de partida su
compromiso crítico con el ser humano, por el cual siempre sintió una compasión
fraterna en vez de un desprecio condenatorio » (« El humanismo de
Albert Camus »; en Filosofía y literatura. Sociedad
castellano-leonesa de filosofía, Salamanca, 2000). ¿El humanismo es una
ideología y, como tal, un discurso falseador de la realidad? ¿Qué lugar le
reservaría usted al humanismo en la actualidad?
L.E.: El término se ha
convertido en ideología según los usos que se han hecho de él, sea con fines
ideológicos excluyentes, de adoctrinamiento y dominación (se habla del
humanismo cristiano, del marxista, de la tradición burguesa, etc.); o también
como delirante exacerbación del antropocentrismo… Es conocida la contraposición
entre Sartre y Heidegger, por dar un ejemplo, donde me inclino con matices por
el primero; y véanse las recientes invocaciones al posthumanismo tecnológico,
algunas francamente peligrosas. En conjunto, a pesar de que el humanismo tenga
algo de nebulosa inconcreta y a veces legitime ciertos desmanes, lo esencial es
el núcleo de los Derechos Humanos y eso no me parece objetable. Además es muy
útil en torno a ellos la distinción teórica entre diversas generaciones de derechos que se complementan, así como la praxis
revulsiva de las ONGs o la persecución penal internacional de sus violaciones,
por mencionar sólo algunos aspectos. En otro sentido, creo que sería oportuno
recuperar el ideal renacentista relativo a la necesidad de cultivar nuestra
humanidad (alcanzar plenamente la humanitas
frente a la feritas) mediante el
desarrollo esforzado de todas nuestras capacidades.
D: Tradicionalmente se
ha aludido a la filosofía, en tanto que amor a la sabiduría, como búsqueda incesante
de la verdad. Una búsqueda a la que el logos dedica todos sus esfuerzos.
Pero, ¿cómo entender esta frase de Vergílio Ferreira (Pensar; ed. El
Acantilado, 2006, trad. Isabel Soler): « La filosofía no es un medio para
descubrir la verdad. Pero es, como el arte, un proceso para crearla »?
L.E.: Tiene que ver con
lo dicho más arriba en cuanto que descubrir y crear me parecen aspectos
cercanos. No acepto el puro constructivismo y reivindico la noción de
« verdad », al menos con fines heurísticos, pero tampoco reduciría el
quehacer filosófico a cuestiones gnoseológicas. Hay otras dimensiones
irreductibles de la cuestión, sean de tipo ético o lúdico, por ejemplo
« la verdad (literaria) de las mentiras » de la que habla Vargas
Llosa. En cualquier caso, no estoy seguro de que la verdad (y mucho menos el
trabajo) nos haga libres..., por traer un punto de ironía ante los tópicos y
alguna que otra divisa histórica.
D: En cualquier caso, y
enlazando con la pregunta anterior, ya se trate de descubrir o de crear la
verdad, el problema sigue siendo el mismo: la verdad. Pues, como sostiene de
nuevo Vergílio Ferreira: « Puede depender de tantas cosas que una verdad
lo sea: la fuerza de convicción de quien la afirma, la perseverancia en
imponerla, lo lapidario de una frase. Pero ella en sí misma ¿de qué
depende? ». La verdad, ¿de qué depende?
D: En el Cratilo
Platón sostenía que a la naturaleza de la cosa le corresponden sonidos y
sílabas, esto es, lenguaje; digamos, para compendiar, conceptos. ¿Qué
« cosas » hay detrás de estos conceptos bucleados que presenta el
pensamiento de Edgar Morin: « cerebro-lenguaje-cultura-mente » (El
método, III y V), el « circuito sapiens-demens » (El método,
V) o la cuestión de « lo uno-múltiple »?